31.7.11

Décimoctavo Domingo del T.O.: Isaías 55:1-3; Romanos 8:35, 37-39; Mateo 14:13-21

St John the Baptist mosaicImage by Lawrence OP via FlickrVea Lecturas Biblícas


Vamos hablar del coraje. El profeta Isaías afirma que Dios es la fuente que satisfecha todas nuestras necesidades y todos nuestros deseos. El cristianismo no es cosa de negar los deseos naturales sino de dar la satisfacción verdadera, sana, y permanente a los deseos naturales. Solo en Dios se encuentra la satisfacción de todos los deseos naturales. 

En Romanos, san Pablo afirma que nada nos puede separar del amor de Cristo. El amor de Cristo es la garantía que la providencia y misericordia de Dios nos dará todo lo mejor y toda satisfacción. Si murió por nosotros, como no va a darnos todo lo demás. Pablo vivió esa convicción cuando enfrentaba las persecuciones que culminaron en su juicio fatal en Roma.

En el Evangelio, vemos el coraje de Jesús mismo después de la muerte de San Juan el Bautista por medio de la maldad del rey Herodes. Jesús primero se dirigió «a un lugar apartado y solitario» después de la muerte de Juan el Bautista. Seguramente entró en oración con su Padre. Esa oración le dió todo lo que necesitaba para ir adelante. Sabía que nada, absolutamente nada, lo podía separar del amor de su Padre. Y siguió adelente y fue a la muchedumbre. Curó a los enfermos y multiplicó los panes y los pesces.

La reacción del miedo tras la muerte de Juan el Bautista hubiera sido retirarse del ministerio. La cautela hubiera aconsejado ya terminar con un ministerio público como el de Juan el Bautista que acabó en encarcelamiento y ejecución. Pero Jesús no quizo ir atrás. Siguió adelante porque sabía que el Padre lo iba a vindicar. Esa vindicación fue la Resurrección de su cuerpo, una resurrección indicada indirectamente por las palabras del mismo Herodes (compare Mateo 14:1-2).



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24.7.11

Decimoséptimo Domingo del T.O.: 1 Reyes 3:5, 7-12; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46

King Solomon, Russian icon from first quarter ...Image via Wikipedia
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Salomón le pidió a Dios solamente la «sabiduría de corazón» y no larga vida, ni riquezas, ni la muerte de sus enemigos. Por eso, Dios le dió la sabiduría y además lo que no había pedido: gloria y riqueza en abundancia. Como en las parábolas del tesoro y de la perla en el Evangelio de hoy, Salomón sabía lo que valía mas que nada: la sabiduría que procede de Dios. Nosotros también, especialmente después de tener experiencia de la vida, conocemos la desilusión que traen las cosas separadas y aparte de Dios, cosas como las riquezas o la gloria o hasta la destrucción vacía de nuestros enemigos. Todo eso no es suficiente para el corazón. El corazón humano necesita la sabiduría de corazón que solamente procede de Dios para ser satisfecho.

 
Y, si perseguimos esa sabiduría de Dios, además recibiremos todo lo que necesitamos como lo recibió Salomón. Por eso, san Pablo dice en la lectura de hoy «que todo contribuye para bien de los que aman a Dios». Los que escogen amar a Dios y poner en el primer plano la sabiduría de corazón que solamente Dios puede dar--como hizo Salomón y los que encontraron el tesoro y la perla en las parábolas de Jesús--serán bienaventurados abundantemente en todas las circunstancias de la vida. Las cosas buenas de la vida se consiguen indirectamente, como fruto de pedir directamente la sabiduría de Dios.



17.7.11

Decimosexto Domingo del T.O.: Sabiduría 12:13, 16-19; Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-43

Wheat and tares_0708Image by hoyasmeg via Flickr
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Tenemos que detenernos en el Evangelio de hoy, con la parábola de la cizaña y el trigo. Sabemos que el dueño les dice a sus trabajadores que dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha para evitar que arranquen el trigo con la cizaña. El uso de la palabra «cizaña» en el castellano nos llama la atención. A veces algunos decimos que tal persona ha dicho o nos ha tirado una cizaña, queriendo decir por esta expresión que alguien nos quiere insultar o provocar. Jesús explica que la cizaña en la parábola son los partidarios del maligno, del diablo. Los que crean un ambiente de ira sin justificación, de provocación innecesaria, de desacuerdo inútil entre los ciudadanos del Reino (el trigo), actúan como agentes del diablo. Son la cizaña que crea caos entre el trigo.

Esta provocación por los partidarios del diablo es una realidad que tenemos que enfrentar hasta el fin del mundo, no solamente dentro de la Iglesia pero en todo el campo que es el mundo entero. ¿Cómo podemos responder a la cizaña sin arrancarla?

La lectura del Viejo Testamento habla de la justicia de Dios, el Dios que tiene el poder y lo usa cuando quiere usarlo. Este Dios cuida «de todas las cosas». Juzga con misericordia pero también castiga a los que lo desafían. Dios se preocupará de la cizaña. ¿Qué entonces hacemos nosotros? San Pablo nos indica: orar en nuestra debilidad por medio del poder del Espíritu Santo. Pedimos ayuda contra la cizaña. Esa oración por medio del Espíritu ruega «conforme a la voluntad de Dios». Entonces no es cosa de nosotros arrancar la cizaña a la manera que nos parece conveniente. Es cosa de por medio de la oración buscar la voluntad de Dios hasta el fin del mundo.

10.7.11

Decimoquinto Domingo del T.O.: Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23

Vasily Kreitan (1832-1896) SowerImage via WikipediaVea Lecturas Biblícas

En Isaías se habla hoy de la eficacia de la Palabra de Dios. Jesús mismo en el Evangelio cita en detalle las palabras de otra profecía de Isaías: Jesús, la Palabra de Dios, conocía muy bien a las Escrituras. En ese conocimiento bíblico de Jesús, vemos la grandeza de las Escrituras: tenemos en nuestras manos la Palabra de Dios. Se encuentra la Biblia en muchas traducciónes, hasta en traducciónes que se concentran en usar palabras eminentemente claras para que todos puedan entenderlas. Oimos las Escrituras leídas en cada misa, diaria y dominical. Hasta en el «internet», tenemos la Biblia en varias traducciónes e idiomas. Y Dios garantiza que esta Palabra es eficaz.



En el Evangelio, tenemos la parábola del sembrador que es bien conocida y que hasta viene con la explicación del mismo Jesús. Es bueno meditar en las diferentes semillas que cayeron en diferente tipo de tierra pensando en las etapas diferentes de nuestras propias vidas.



Recordamos la etapa cuando la semilla de la Palabra de Dios vino, pero no la entendimos porque nadie la explicó o porque nosotros mismos no quisimos averiguarla. Recordamos tal vez otra etapa de nuestras vidas cuando aceptamos la Palabra con alegría pero por causa de nuestra inconstancia no llegó ha echar raíces. Recordamos cuando la Palabra cayó entre nuestras preocupaciones, nuestras ansiedades, y las seducciónes que la sofocaron. Y también podemos recordar la época de nuestra conversión cuando la Palabra cayó en tierra buena y dió fruto en abundancia. O tal vez todavía esperamos ese momento de conversión.



En la misma vida de la misma persona, hay etapas diferentes con diferentes tipos de tierra. La etapa de la «tierra buena» es la etapa cuando reconocemos la eficacia de la Palabra de Dios y cuando con urgencia leemos las Escrituras. Y si leemos las Escrituras con esa urgencia necesaria para entender y con el auténtico reconocimiento que la Palabra de Dios es lo que solamente nos da vida, seremos «tierra buena» que da fruto.



Y entonces empieza la gestación de nuestra gloria al cual se refiere hoy san Pablo. La conversión es un proceso continuo. En ese proceso sufrimos «dolores de parto» hasta «que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo» que se completará en la resurrección del cuerpo en la nueva creación que surgirá cuando vuelva el Sembrador.
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3.7.11

Decimocuarto Domingo del T.O.: Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9, 11-13; Mateo 11:25-30

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¡Qué buena traducción tenemos en la versión castellano (aprobada por la Conferencia Episcopal Mexicana) de la lectura de romanos! En está traducción no se habla, como en íngles, de vivir «according to the flesh/en acuerdo con la carne», que muchas veces se mal entiende como una condenación del cuerpo.
Al contrario, san Pablo condena un modo de vida que es, como dice la traducción castellano, «conforme al desorden egoísta». San Pablo no tiene interés en condenar el cuerpo, el cuerpo que será hecho nuevo y transformado en la resurrección. Lo que condena es lo que controla el cuerpo sin el Espíritu Santo: el egoísmo.

El Espíritu nos libra del desorden egoísta--una liberación imposible por medio de nuestros propios esfuerzos. Hasta hoy en día la cultura popular y hasta muchos de los supuestos sabios e inteligentes proclaman, sin vergüenza, que lo normal y deseado es precisamente el egoísmo. Por eso se observa lo que el Papa Benedicto llama la «dictadura del relativismo» en la moralidad moderna que rebaja todo a nuestros deseos egoístas.

Pero Pablo enseña la liberación del egoísmo que es un desorden, por medio del Espíritu Santo. Y, en el Evangelio, Jesús le da gracias al Padre por haber revelado esta liberación a la gente sencilla y no a los sabios y entendidos. Precisamente Jesús nos llama a ser mansos y humildes de corazón: esa es nuestra condición normal y deseada, la condición opuesta  al egoísmo. Eso no quiere decir que debemos de ser débiles--todavía tenemos que cargar el yugo, pero es una empresa completamente diferente al proyecto del egoísmo. El yugo de Cristo es suave y su carga ligera porque el Espíritu nos da una fuerza sobrenatural.

El profeta Zacarías nos llama a la alegría porque viene el rey que nos dará la liberación. Nota que es un rey poderoso pero de una manera muy diferente: viene «humilde y montado en un burrito». El más poderoso es el humilde, que es opuesto al egoísta. Ya estaba anunciado en la Vieja Alianza la derrota del desorden egoísta que ha venido con Cristo y Pablo predicaba.