26.6.11

El Cuerpo y La Sangre de Cristo: Deuteronomio 8:2-3, 14-16; 1 Cor. 10:16-17; Juan 6:51-58

The Gathering of the MannaImage via Wikipedia
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En esta fiesta vemos el núcleo del catolicismo. En Deuteronomio, Moisés presenta la experiencia de Israel en el desierto. Ahí aprendieron que todo depende de Dios, no en los propios esfuerzos y planes de la humanidad. Tuvieron que vivir del maná. Solo Dios pudo resolver las exigencias del desierto.

San Pablo describe el maná nuevo que ahora nos une con Dios mismo: unidos a Cristo por medio de su sangre y de su cuerpo en vino y pan. Pablo también enseña que la unidad de los cristianos surge de compartir este mismo pan. No podemos nosotros mismos unirnos a Dios por medio de meros esfuerzos humanos. No podemos conseguir la unidad por medio de meras discusiones y actividades exclusivamente humanas. La unión profunda con Dios y con vecino viene solamente del mismo pan que comemos, el pan que es el cuerpo verdadero de Cristo.

En el Evangelio, Cristo lo dijo primero: para tener vida tenemos que recibir y comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo. Estos son dichos claves para el catolicismo. El protestantismo no sabe que hacer con estas palabras tan claras y escandalosas de Jesucristo. Por eso tratan de transformar estas palabras en un sentido puramente intelectual en cual la fe del hombre lo consigue todo. 

Pero esto es, irónicamente, una concepción de fe como algo logrado por el hombre por sus propios esfuerzos y sentimientos emocionales, en contraste con la retórica clásicamente protestante. La verdad es que la única fe que de veras y explícitamente depende solamente en la gracia total de Dios es la fe eucarística que recibe a Cristo como realidad objetiva en el pan y el vino hecho cuerpo y sangre.

Esa fe eucarística es la fe que depende totalmente en el favor y el don de Dios por la salvación--el mismo tipo de fe que se mostró cuando Israel andaba en el desierto por cuarenta años y recibía la realidad objetiva que era el maná.
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19.6.11

La Santísima Trinidad: Éxodo 34:4-6, 8-9; 2 Corintios 13:11-14; Juan 3:16-18

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En el Viejo Testamento, el Señor se hace presente y toma Israel como su pueblo. El Señor se identifica como compasivo, clemente, misericordioso, y fiel. Ya vemos la anticipación de la Encarnación descrita en el Evangelio de hoy: como ese mismo Dios compasivo tanto amó al mundo que entregó a su Hijo para salvar al mundo. No es cosa simplemente del creyente humano como sumiso a un Dios todopoderoso: es en realidad cosa de un creyente respondiendo al amor perfecto que nos da vida en abundancia. Es una invitación a todos a entrar en el amor que existe entre las personas de la Santa Trinidad como escribe san Pablo en la otra lectura de hoy: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes». Eso es la invitación a cada uno de nosotros: que entremos en la comuníon de la Trinidad. Y entrando en ese comunio [en latín], en esa koinonia [en griego], es también entrar en comunión con todos los otros creyentes que hacen lo mismo. Así lo tendremos todo en abundancia sin falta de nada.


12.6.11

Pentecostés: Hechos 2:1-11; 1 Corintios 12:3-7, 12-13; Juan 20:19-23

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A typical Western image of the Pentecost. Ducc...Image via Wikipedia
El Espíritu Santo cayó en los discípulos en Pentecostés. En el medio de ellos, estuvo la primera que muchos años anterior había tenido la experiencia más intima del Espíritu Santo concedida a un mero ser humano, en toda la historia de la humanidad: la Virgen María. Se dice en la lectura de hoy que «todos . . . estaban reunidos en un mismo lugar» (Hechos 2:1). Los comentaristas notan que estos «todos» son el grupo descrito en Hechos 1:13-14, que incluye «María la madre de Jesús». 

Se manifiesta la Iglesia junto con la madre de la Iglesia, María. El que ignora a María ignora las Escrituras. El que ignora las Escrituras ignora a Cristo, como dijo san Jerónimo. También notamos que el líder de los apóstoles reunidos en Pentecostés es Pedro, él que da el sermón de Pentecostés (Hechos 2:14-36).

En la segunda lectura, san Pablo nos dice que el Espíritu Santo nos hace confesar a Jesús como «Señor». Nuestro Papa Benedicto XVI fue instrumental en hacer la misma proclamación en un documento muy atacado titulado 
Dominus Iesus, «Señor Jesús», unos años atrás para combatir la mentira que hay salvación fuera del nombre de Jesús. El Espíritu es muy específico: solamente Jesús es Señor. Los que reconocen otros «señores» no tienen el Espíritu Santo.

Finalmente, en el Evangelio, Jesús les concede el Espíritu Santo a los discípulos para que puedan perdonar y retener los pecados de los hombres. Insituye Jesús en este pasaje el sacramento de la confesión o reconciliación. Bueno, en esta fiesta de Pentecostés, nos preguntamos: ¿Dónde podemos encontrar una Iglesia que no ignora a María como madre de la Iglesia, una Iglesia que mira al sucesor de Pedro como su líder terrestre, una Iglesia que confiesa a Jesús como el único Señor, una Iglesia que cumple con el mandamiento de Jesús de perdonar y retener los pecados de la humanidad en el sacramento de confesión? También vemos en Pentecostés los carismas de la profecía en la proclamación de la gloria de Dios y del Evangelio y en el don de lenguas. Esos dones son expresiónes de la dimension carismática de la Iglesia y todavía existen y se practican hoy en la Iglesia Católica especialmente por medio del movimiento de renovación carismática. 

Todos estos elementos existen juntos únicamente en la Iglesia Católica Romana que se manifestó por primera vez en Pentecostés. No lo vamos callar o tapar. ¡Que se manifieste hoy como ayer!

5.6.11

La Ascensión del Señor: Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20

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Hoy quiero prestar especial atención al Evangelio que hoy se encuentre en la parte final de Mateo. Es el pasaje famoso en el cual Jesús manda a los apóstoles a bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Cristo Rey triunfante y todopoderoso le da a los apóstoles la misión de ensenar a todas las naciones.

Aquí tenemos que parar y pensar: a todas las naciones. Jesús predicó solamente en Palestina y concentró su ministerio entre los judíos. Pero ahora tenemos algo revolucionario en su ambición y en su novedad: la misión actual es a todas las naciones, sin excepción ninguna.

Muchos protestantes se enfocan en el fin del mundo para la inauguración del reino de Cristo. La realidad es que hoy mismo, en esta misma temporada, ya esta el reino de Cristo presente en el mundo, y la característica clave de este reino presente es la evangelización. La evangelización es la presencia del reino de Cristo ahora. Sí, afirmamos que, cuando llegue el fin del mundo, vendrá el reino completo y perfecto de Cristo en un nuevo mundo sin pecado, sin sufrimiento, y sin muerte. Pero ahora el reino es la evangelización. Evangelizar a todas las naciones es el desarollo presente del reino de Cristo. Por eso, los Papas recientes han repetido muchas veces que la misión clave de la Iglesia es evangelizar.