24.4.11

Domingo de Resurrección: Hechos 10:34, 37-43; Colosenses 3:1-4; 1 Corintios 5:6-8; Juan 20:1-9

Jerusalem- Church of the Holy SepulcherImage by AntonioA via Flickr
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En la lectura de los Hechos de los Apóstoles vemos la realidad de la Resurrección de Cristo: no era la vuelta de un mero fantasma o espíritu, pero una resurrección corporal y verdadera. Pedro dice en su sermón «que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos». No se come y bebe con un fantasma o con una mera visión. Se come y se bebe con un Jesús que ha vuelto con su cuerpo propio, un cuerpo verdadero, pero ahora inmortal y transformado en gloria.

Esto no fue invento. El Evangelio nos dice que los apóstoles Pedro y Juan «hasta entonces [hasta el momento de ver la tumba vacía] no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos». Fueron sorprendidos. No inventaron nada. No esperaban la Resurrección. Fueron convencidos por la tumba vacía y por sus encuentros con el Jesús resucitado que comió y bebió con ellos.

Pero hay mas. San Pablo escribe en la Carta a los Colosenses que en el momento de nuestra conversión y bautismo hemos resucitado con Cristo. En el momento de nuestro bautismo ya empieza la transformación que acaba y que se completa en la resurrección de nuestros cuerpos cuando Jesús vuelva por segunda vez y cuando nosotros también nos manifestaremos gloriosos. Y en la lectura de 1 Corintios, nos recuerda también que esta realidad nos exige a abandonar la mentalidad vieja.

17.4.11

Domingo de Ramos: Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Lucas 22:14-23:56

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Comprendemos más el sufrimiento de Cristo descrito en Lucas si hemos sufrido grandemente en nuestras vidas. Pero sabemos que lo que hemos sufrido no se puede comparar con la tortura prolongada y salvage, y la burla incesante que se le hizo a Jesucristo.

En las otras dos lecturas,  el tema es el conflicto, la batalla. Seguir a Cristo es una batalla espiritual contra el diablo y contra otros seres humanos que son por intención o por ignorancia instrumentos de la maldad del diablo. En Isaías el profeta ofrece «la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba». El profeta no aparta su «rostro de los insultos y salivazos». El profeta endurece su «rostro como roca» y sabe que no quedará «avergonzado». Es la hora de la batalla para Cristo y para nosotros. Oramos que tengamos el coraje de Cristo para endurecer nuestro rostro como roca.

San Pablo nos da el justamente famoso himno sobre la kenosis o humillación de Cristo en cual él «se anonadó a si mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres». Si Cristo que es Dios mismo no se agarró de sus prerrogativas divinas, nosotros ciertamente no debemos de agarrarnos de nuestro orgullo humano que nos empuja a evitar los insultos de la batalla. Entraremos en la batalla sabiendo que al final no quedaremos avergonzados. 


No le tenemos miedo a nada y a nadie porque Cristo ya abrió el camino y guarantiza la conquista. Por eso hoy empezamos la Semana Santa celebrando con gritos y gestos triunfales la victoria que ya es nuestra. En Cristo ya somos conquistadores. Y debemos entrar en cada situación como conquistadores en Cristo Jesús. Hay que pedir más y más el Espíritu Santo para tener esa fe poderosa que se luce «loca» en un mundo que ciertamente no cree en un Dios tan «loco» que nos quiere tanto que murió por cada uno de nosotros personalmente. Pero ese es el Padre Dios que tenemos, y por eso, y solamente por eso, conquistamos en Cristo en cada situación, incluso en las más trágicas.

10.4.11

Quinto Domingo de Cuaresma: Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45

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Anticipamos la celebración de Pascua con estas lecturas sobre la resurrección. En Ezekiel, vemos que ya existía en Israel la esperanza de la resurrección de los muertos «por obra» del Espíritu Santo. En Romanos, san Pablo le dice a los cristianos que ya habita el Espíritu Santo en ellos, pero que en el futuro ese mismo Espíritu nos resucitará de entre los muertos. En el Evangelio, Jesús vuelve a la vida el cuerpo muerto de su amigo Lázaro. Este milagro no es precisamente lo mismo que la resurrección porque Lázaro volvería a morir otra vez en el futuro. En la resurrección no moriremos otra vez. Pero, de todos modos, el milagro de Lázaro apunta a la resurrección de Cristo y de todos nosotros--es una anticipación imperfecta de la resurrección de los muertos que destruye la muerte por siempre.

3.4.11

Cuarto Domingo de Cuaresma: 1 Samuel 16:1b, 6-7, 10-13a; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41

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Las lecturas de hoy tienen un tema sacramental. Cuando el profeta Samuel ungió a David, el Espíritu de Dios reposó en David. Cuando Jesús le puso lodo en los ojos del hombre ciego y cuando el ciego se lavó en el agua, el ciego comenzó a ver. San Pablo describe la transformación del convertido que sale de las tinieblas y entra en la luz. Pablo exhorta a sus oyentes que se levanten de entre los muertos para que Cristo sea su luz. En Romanos 6, Pablo describe esta misma transformación por medio del bautismo en cual morimos, somos enterrados, y resucitamos como Cristo cuando descendemos en las aguas del bautismo y cuando salimos de esas mismas aguas. Dios nos cura por medio de gestos materiales. Dios trabaja por medios sacramentales. No se puede ignorar. El tema sacramental es un tema bíblico. No fue inventado siglos después.