27.3.11

Tercer Domingo de Cuaresma: Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2, 5-8; Juan 4:5-42

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Vamos a empezar con el Evangelio. ¡Qué encuentro! Jesús se atreve a tratar a una raza odiada por los judíos. Jesús se atreve a hablar con una mujer. Jesús le pide un favor a la mujer. Y se interesa en la vida de la mujer samaritana. Le hace la pregunta clave que revela el problema de su vida: el hombre que tiene no es su marido. Y por el poder del Espíritu Santo la mujer dice la verdad. Una vida de confusión y mentira acaba en la confesión de la realidad que el hombre que tiene ahora no es su marido. Ahí en esa confesión verdadera empieza su conversión y su misión evangélica.

Nosotros también tenemos que enfrentar la verdad en nuestras vidas. La verdad es la realidad. Cristo no nos llama a escapar la realidad, sino a ver por primera vez la realidad de nuestras vidas y vivir en esa realidad. La mujer samaritana se dio cuenta de la contradicción central de su vida y cambió. La verdad es realismo. El cristianismo nos llama al realismo. En la sociedad, hay cierta idea que el cristianismo es una fantasía que no refleja las dificultades de la vida. Al contrario, somos nosotros, en una cultura sin Dios, que tapamos la verdad de nuestras vidas. Cristo nos abre los ojos.

En el libro del Éxodo, Moisés le abre los ojos a los israelitas dudosos de la providencia de Dios cuando produce agua de la piedra. San Pablo habla que la muerte de Jesús por nosotros «cuando aún éramos pecadores» prueba el amor de Dios. Ese mismo amor que iba acabar en la muerte le abrió los ojos con sus preguntas insistentes a la mujer samaritana. Y hoy nos abre nuestros ojos a la verdad, a la dignidad, y a la esperanza que tenemos en Cristo.

20.3.11

Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 12:1-4; 2 Timoteo 1:8-10; Mateo 17:1-9

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Abram hizo algo extraordinario. Recibió promesas ambiguas de un Dios que en verdad él no conocía muy bien, y dejo su país, su parentela, y la casa de su padre. Lo dejo todo. Hizo el papel de un ridículo. Pero ese ridículo llego a ser el padre de la nación de donde surgió Cristo, el Mesías. Abram es en verdad nuestro padre en la fe porque no tuvo miedo de aparecer ridículo.

San Pablo escribe a Timoteo que estamos llamados a esa misma fe que acaba en entregar y consagrar nuestras vidas enteras a Dios. Esta salvación es por medio de Cristo, el descendiente prometido de Abram por cual todas las naciones son bendecidas.

En el Evangelio, Jesús se reune con los dos grandes profetas de la Vieja Alianza, Moisés y Elías, en la Transfiguración. Jesús es el cumplimiento de la promesa original al patriarca Abram. Ahora conocemos lo que Abram no conocía. Vale la pena dejarlo todo por una promesa tan clara de un Dios que llegó a ser hombre.

13.3.11

Primer Domingo de Cuaresma: Génesis 2:7-9; 3:1-7; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11

"Adam and Eve" - Adriaen van der Wer...Image by Tilemahos Efthimiadis via Flickr
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Las lecturas nos hablan de la tentación. En Génesis, la primera pareja deja de confiar en la providencia de Dios y se lanza a tomar la situación en sus propias manos. Por eso comen de la fruta prohibida del árbol del conocimiento del bien y del mal. Además de la desconfianza en lo que Dios planea para ellos, quieren usurpar el lúgar de Dios y llegar a ser como dioses. Finalmente, no quieren obedecer y servir a Dios. Quieren solamente complacerse. Por eso acaba que el primer hombre y la primera mujer ya no pueden confiar uno al otro y tienen que cubrir su desnudez. La inocencia y la confianza mutua se acaban.

Pero en el Evangelio, viene otro hombre, Jesús, que resiste las mismas tentaciones del mismo diablo. Jesús confía en Dios para aliviar su hambre y no se atreve a tomar la situación en sus propias manos en desconfianza de la providencia de su Padre. Jesús no se atreve a manipular al Padre como le pide el diablo hacer si se tira de la altura del templo. Jesús no se atreve a someterse al diablo porque sabe que hay que servir solamente al Padre. Jesús lo hace todo en una manera opuesta a la primera pareja humana.

Por eso san Pablo puede decir con confianza que la obediencia del Segundo Adán nos hace justos y por eso empezamos a recobrar poco a poco la inocencia perdida-- una inocencia que tendremos en su plenitud cuando se renova todo el mundo a la segunda venida de Cristo.

6.3.11

Noveno Domingo del T.O.: Deuteronomio 11:18, 26-28,32; Romanos 3:21-25, 28; Mateo 7:21-27

Teneriffa, La Laguna, Real Santuario del Santí...Image via Wikipedia
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El Señor nos propone (nunca impone) una elección en la lectura deuteronómica. Esa decisión por el mal o el bien proviene de nuestra libertad, que es un don de Dios mismo. (Muchos, especialmente en la tradición protestante hablan de la supuesta elección divina de los que se salvarán; note aquí que esa elección depende en nuestra elección libre entre lo mal y lo bueno. La predestinación es un misterioso conjunto de la actividad misericordiosa de Dios y la libertad del hombre, una libertad dada, primero de todo, por Dios al ser humano.) El cristianismo se trata de libertad: libertad de escoger y vivir y prosperar (no en sentido monetario) y florecer en la libertad de una vida buena.

En la Carta a los Romanos, San Pablo declara que somos justificados por fe en la obra salvífica de Jesucristo. En ese sentido, no somos justificados por las obras--pero es importante leer con más profundidad sin la superficialidad polemica. A profundo, se distingue entre nuestras obras que expresan nuestro orgullo y las obras de Jesucristo. Toda salvación, hasta de los que no son cristianos, depende de esa obra salvadora de Jesucristo en la cruz. Las obras que tienen su origen solamente en nosotros no valen para nada porque no pueden compensar por nuestras traiciones a la verdad de la vida. Pablo no enseña que las obras en sí no tienen importancia. Hay que precisar las obras de quien antes de llegar a conclusiones teológicas.

En el Evangelio de Mateo se hace muy preciso esta distinción entre obras de hombres y obras de Cristo. En el Evangelio, Jesús no reconoce hasta las obras milagrosas o carismáticas de algunos que no surgen de la voluntad del Señor. Hasta las obras que desde el punto de vista exterior parecen ser muy religiosas o piadosas tienen que pasar por la necesidad de originar en la voluntad divina, no en la voluntad del ego humano.

Para concluir, no podemos salvar a nuestras vidas por obras que solamente provienen de nuestro egoísmo humano. La salvación surge de la libre elección del ser humano de las obras que tienen su origen auténtico en Jesús.