27.2.11

Octavo Domingo del T.O.: Isaías 49:14-15; I Corintios 4:1-5; Mateo 6:24-34

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En Isaías, el Señor promete nunca olvidarse de nosotros. Y en el Evangelio (Mateo 6) vemos la conclusión logíca de esa promesa--tener confianza que podemos esperar todo lo que necesitamos del Señor:


33 Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

34 Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal.



En el Evangelio, Jesús nos urge abandonar la preocupación y la ansiedad por las necesidades materiales. También da la advertencia que tenemos que escoger nuestro amo: Dios o el dinero.  Pablo, a su manera, nos advierte que solo Dios es nuestro juzgador, no los otros hombres. Hay que escoger el amo, el amo que es nuestro único juez. La promesa del amo y juez divino es de nunca olvidarse de nosotros y de nuestras necesidades. Más que eso viene de otro amo que no busca nuestro bien auténtico y que, de todas maneras, no es nuestro juez.

20.2.11

Séptimo Domingo del T.O.: Levítico 19:1-2, 17-18; 1 Cor. 3:16-23; Mateo 5:38-48

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¡Qué difícil es el tema de este domingo!   Es difícil porque nos requiere que respondemos con amor al enemigo. Pero ahí está en el Evangelio de hoy, alzando lo que ya se enseñaba en el Viejo Testamento en Levítico. En la lectura de San Pablo, vemos el apóstol advirtiendo que la sabiduría del mundo es necedad en los ojos de Dios.

¿Qué podemos concluir? Esto es la sabiduría de Dios--por eso, no podemos ignorarlo. A la misma vez tenemos que aclarar la situación para nuestras mentes. Precisamente tenemos que amar los enemigos para saber corregirlos por su propio bien. Tenemos que amar los enemigos para no gastar nuestras vidas en la venganza inútil. Tenemos que amar los enemigos para siempre estar abierto a un fúturo mejor sin conflicto y temor. Tenemos que decidir no entrar en la lucha de enemigo contra enemigo para vivir para Dios, para lo mejor posible, para disfrutar en paz de todos los dones y todas las oportunidades que hemos recibido y que estamos recibiendo.

Amar al enemigo no es asunto de enamorarse del enemigo. Sería absurdo, y Cristo no es absurdo. Amar al enemigo no es asunto de complacerlo en sus tonterías. Amar al enemigo ni es asunto de sentir atracción por su personalidad o sus valores. Amar al enemigo no es hacer de él un amigo intímo. Amar al enemigo es tener buena voluntad y esperanza de lo mejor para el otro. En realidad es no verlo como enemigo en ninguna manera, pero verlo como otro peregrino en un mundo de confusión y de sufrimiento. Es verlo como nos vemos a nosotros mismos. Ya se ha dicho, y ahora ¡adelante!

13.2.11

Sexto Domingo del T.O.: Eclesiástico 15:15-20; 1 Corintios 2:6-10; Mateo 5:17-37

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La joya de las lecturas de hoy proviene del Sermón del Monte dado por Jesús en Mateo 5. Es algo que puede aterrorizar a nosotros los humanos débiles, confusos, viviendo en circunstancias difíciles. Hay que leer el sermón otra vez para recordarlo. No hay necesidad de repetirlo aquí--el lector tiene que ir directamenta a la lectura por medio del enlace anterior, para leerlo de nuevo.


Nos preguntamos, al leerlo, si esto se puede tomar en serio. Las otras dos lecturas nos pueden dar indicaciones para responder a nuestra pregunta. La primera lectura de Eclesiástico nos recuerda que somos humanos libres, podemos escoger entre lo malo y lo bueno. La segunda lectura por San Pablo nos recuerda de lo siguiente:
9 Más bien, como dice la Escritura, anunciamos: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman.
10 Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios.


Aquí sí hay indicaciones que nos podrán ayudar con el sermón difícil en Mateo. La primera indicación es que lo que requiere el sermón difícil no tiene origen en el corázon humano. No hay que asustarse--esto es algo asombroso porque no viene de nosotros.


La segunda indicación da la solución: estas cosas tan difíciles se pueden lograr solamente por medio del Espíritu Santo. La respuesta sabia al sermón difícil es entregarnos en oración invocando al Espíritu. Nosotros los débiles y los confusos no tenemos otro remedio. No hay otra solución.






6.2.11

Quinto Domingo del T.O.: Isaías 58:7-10; 1 Cor. 2:1-5; Mateo 5:13-16

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Isaías habla en manera casi poética cuando nos dice que «tu oscuridad será como el mediodía». Eso pasará si primero compartimos, si abrimos nuestras casas y nuestras vidas al otro, si vestimos al desnudo, y si no le damos la espalda a nuestros hermanos (nota que en el uso bíblico «hermano» incluye mas, mucho mas, que solamente otro hijo o hija de nuestros mismos padres). 


En el Evangelio, Jesús dice que sus seguidores son como la sal que sana y da sabor a la vida. Somos como la luz que no se puede esconder. Esa luz completa la profecía de Isaías que la oscuridad se convertirá a mediodía. Y san Pablo apunta precisamente la encarnación de la generosidad, la compasión, y la luz que alumbra al mundo: Jesucristo «más aun, . . . Jesucristo crucificado».


Por eso, nosotros los católicos no escondemos el cuerpo torturado de Cristo en la cruz. Tenemos crucifijos, no solamente cruces brillantes sin un cuerpo sufriendo, porque sabemos que es la pasión y el sufrimiento del Cristo crucificado que alumbra al mundo. Él que lee las cartas de san Pablo reconoce claramente que Pablo era católico, muy católico, y se gloriaba solamente en Cristo crucificado y en mostrarlo (Gálatas 6:14).