30.1.11

Cuarto Domingo del T.O.: Sofonías 2:3; 3:12-13; 1 Co. 1:26-31; Mateo 5:1-12

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En el profeta Sofonías se habla que «los humildes de la tierra» serán protegidos por Dios. San Pablo escribe en la primera carta a los corintios que «Dios ha elegido . . . a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes». Todo apunta al Evangelio cuando Cristo dice en las bienaventuranzas que «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra» (Mateo 5:4).

Los mansos no son simplemente los débiles. El erudito escocés William Barclay hizo, hace años, un análisis de la palabra griega (prautes) que se traduce como «los mansos». El concluyó que el manso es también una persona de fuerza. Él notó que las Escrituras llaman a Moisés el hombre más manso o humilde de todos los hombres (Números 12:3). Barclay indica que ese mismo Moisés era un líder fuerte como saben todos que han leído el libro del Éxodo. El mismo Jesús era manso y también de muy fuerte carácter como nos indican los Evangelios en muchas ocasiones.

Barclay nos explica en su libro que el manso es la persona que puede controlar sus pasiones y que sabe cuando se debe de actuar propiamente con ira (Barclay, Flesh and Spirit, p. 120). El manso se controla pero también sabe actuar en una manera decisiva.

23.1.11

Tercer Domingo de T.O.: Isaías 8:23-9:3; 1 Cor. 1:10-13, 17; Mateo 4:12-23

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Empezamos hoy con el Evangelio porque explícitamente cita a la primera lectura del profeta Isaías que Dios dará «una luz» a «los que vivían en tierra de sombras» en «Galilea de los paganos». Se cumple la profecía cuando Jesús evangeliza a toda Galilea. En la segunda lectura, san Pablo afirma que vino, primero de todo, a «predicar el Evangelio . . . no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo».

Estas lecturas nos llaman a evangelizar hasta los rincones más oscuros del mundo. En el mundo occidental que era en un tiempo pasado tan cristiano, ha caído una gran sombra. Los que vivimos en esa sombra tenemos que ser luces para curar, como Jesús, « toda enfermedad y dolencia». Y como san Pablo no nos enorgullecemos de nuestras propias palabras y elocuencia porque sabemos que toda sabiduría verdadera surge solamente del amor que es la cruz de Cristo.

16.1.11

Segundo Domingo del T.O.: Isaías 49:3, 5-6; 1 Cor. 1:1-3; Juan 1:29-34

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Las lecturas de hoy se enfocan en el cumplimiento de la promesa de salvación anunciada en el Viejo Testamento. Isaías anuncia la salvación no solamente de Israel pero también de «los últimos rincones de la tierra». 


En el Evangelio, san Juan Bautista completa el ciclo de los profetas antiguos, cuando identifica Jesucristo como el Profeta final que bautiza con el Espíritu Santo. Por eso, es apto que la segunda lectura es el saludo apóstolico de san Pablo a los corintios. En ese saludo, Pablo se identifica como el mensajero especial de Jesucristo. San Pablo es el que trae el mensaje de salvación a todas las naciones y así cumple la profecía antigua. 









La tradición hasta indica que san Pablo llegó a visitar a España. En los tiempos antiguos, antes de los viajes de Colón, España se conocía como el límite occidental del mundo conocido--como se decía en el antiguo escudo español «ne plus ultra» o «no hay más allá». San Clemente de Roma escribió más tarde, también a los corintios, que san Pablo llegó al «extremo occidente», una frase que se puede tomar como referencia antigua a España. San Pablo quiso llevar la promesa de salvación hasta el último rincón del mundo antiguo.

9.1.11

Bautismo del Señor: Isaías 42:1-4.6-7; Hechos 10:34-38; Mateo 3:13-17

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Es impresionante que en las lecturas relacionadas con esta fiesta se manifiesta en forma explícita la Santa Trinidad. En Isaías, habla el Señor, el Padre de Israel, sobre su siervo en cual ha puesto su espíritu. Ese siervo es el mesías real. El espíritu es el Espíritu Santo.

En los Hechos de los Apóstoles, Pedro le predica a los gentiles «cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret» quien Pedro llama «Señor de todos». Otra vez vemos a la Trinidad divina: Dios Padre, el Espíritu Santo, y Jesús. Nota que a Jesús se le llama Señor como en Isaías se le llama a Dios Señor. Es claro que la convicción apóstolica es que Jesús es Dios. Tenemos las tres personas de la Trinidad identificadas y la afirmación que los tres son divinos. Esto es la fuente de la doctrina y dogma de la Trinidad.

En el evangelio, tenemos una manifestación clara de la Trinidad en el bautismo de Jesús. Baja el Espíritu Santo «en forma de paloma», y la voz del cielo declara que Jesús es su Hijo. Al declararlo Hijo, la voz se declara Padre. (Al contrario de ciertos sectores que se declaran «femenistas», no se puede decir que la voz del cielo es «Madre» porque sabemos por el testimonio bíblico que Jesús tiene una sola madre-- la Virgen María.) Y asi tenemos: Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Por eso, al final del Evangelio de San Mateo, Jesús manda a los apóstoles a bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Por eso, la Iglesia reconoce como bautismo válido solamente la aplicación de agua invocando a las personas de la Trinidad. Algunos protestantes han llegado al punto a rechazar la invocacíon tradicional y bíblica de la Trinidad y por eso han abandonado el bautismo auténtico y apóstolico. Pero, gracias a Dios, la majoría de los protestantes todavía mantienen fidelidad al bautismo trinitario, aunque a veces sin darse cuenta de su importancia.

Los católicos si saben el papel clave de la Trinidad en el bautismo. Por eso recordamos frecuentemente a nuestro bautismo cuando nos cruzamos, invocando a la Trinidad, con agua bendita al entrar a nuestras iglesias. Sabemos apreciar esta manifestación central de Dios en la Biblia y en nuestras vidas.

2.1.11

Epifanía: Isaías 60:1-12; Efesios 3:2-3, 5-6; Mateo 2:1-12

Cristo Redentor (Christ Redeemer)Image by bossa67 via Flickr
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En la Epifanía celebramos el hecho que Cristo es el único Salvador de todo el mundo, sea judío o no judío. Conocemos muy bien las Escrituras que leemos hoy. Pero como muchos se opusieron al apostolado de san Pablo a los paganos, hoy muchos se oponen al lo que enseña la Iglesia Católica: que Jesucristo es el único Salvador de toda la humanidad, hasta de la humanidad que no conoce a Cristo. La salvación de los que no son cristianos se logra por medio de la muerte salvadora de Cristo. La gracia de salvación que pueden recibir, en sus propias circunstancias, los que no son cristianos proviene objectivamente de Jesucristo y de su muerte aunque ellos no conozcan a Cristo en una manera explícita. Todo esto es porque Jesucristo es el Logos, la palabra definitiva o razón eterna para todo el mundo. 

Por eso, como san Pablo predicó el Evangelio a los paganos, hoy se tiene que predicar el Evangelio a los que no son cristianos, de cualquier tradición religiosa que sean. El que pertenece a otra religión está en una situación objetivamenta defectuosa porque la plenitud de la verdad está en Cristo por el cual todo vino a existir. Cristo completa los elementos de verdad que existen en otras religiones y elimina los errores mezclados con esos mismos elementos de verdad. Las aspiraciones de todas las culturas y religiones se completan solamente en Jesucristo. Por eso, no podemos excluir a ninguna persona o ninguna religión del evangelismo. La única via a la salvación pasa por Cristo.