11.9.11

Vigésimo Cuarto Domingo del T.O.: Eclesiástico 27:33-28, 9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35

Cristo del Perdón (Huelva)Image via WikipediaVea Lecturas Biblícas

Estas lecturas hablan del perdón. Hemos oído en nuestras vidas muchos sermones sobre el perdón. Vamos a leer con cuidado para encontrar si hay algo nuevo que Dios nos quiere decir. En la lectura de Eclesiástico (también conocido como el libro de Sirácide), el perdón del prójimo es el hecho necesario y práctico: si pedimos perdón a Dios y a nuestros compañeros por nuestros pecados, tenemos que dar el mismo perdón. Para mantener una relación con Dios, tenemos que perdonar a otros precisamente porque la única base de nuestra relación con Dios es el perdón de Dios hacia nosotros. Para recibir perdón (algo que tenemos que recibir por necesidad humana) tenemos que dar perdón.

¿Y para que hacer todo esto? Porque, como dice Pablo en la segunda lectura, vivimos y morimos para el Señor. El egoísmo no puede perdonar. Se ancla en el orgullo o en la venganza. Pero si reconocemos que existimos no para nosotros sino para Dios, entonces si podemos perdonar ofensas personales. Reconocemos que la ofensa personal no importa; lo que importa es vivir la vocación que Dios nos ha dado. Eso es lo importante. La venganza se rechaza no porque el que ofende no se la merece pero porque nosotros tenemos asuntos mucho más importantes para enfrentar en nuestras vidas.

Pero también es verdad que el perdón no es idealmente algo sin ciertas condiciones. En la parábola que Jesús nos cuenta en el Evangelio los que fueron perdonados primero suplicaron por el perdón y reconocían a la misma vez que tenían la obligación de pagar sus deudas. No es asunto de recibir el perdón sin tener que pedirlo y sin tener que tratar de corregir los efectos de nuestros hechos. Él que quiere ser perdonado, sea por Dios o por el prójimo, tiene que arrepentirse y anunciar un cambio de conducta. Para ser perdonado tenemos que convertirnos.

A la misma vez, Cristo desde la cruz perdonó a sus enemigos porque ellos no sabían lo que hacían. En ciertas situaciones, él que nos ofende ni pide y ni quiere el perdón: ni reconoce que lo que ha hecho es algo malo. En tal casos, perdonamos por medio de no guardar el rencor. Pero él que ofende y no se se quiere arrenpentir es él que pierde la oportunidad de conversión. Pero él que perdona hasta el prójimo que no pide el perdón queda libre para vivir la vocación suya manifestada en la vida y la misión que recibe de Cristo.
Enhanced by Zemanta