17.7.11

Decimosexto Domingo del T.O.: Sabiduría 12:13, 16-19; Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-43

Wheat and tares_0708Image by hoyasmeg via Flickr
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Tenemos que detenernos en el Evangelio de hoy, con la parábola de la cizaña y el trigo. Sabemos que el dueño les dice a sus trabajadores que dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha para evitar que arranquen el trigo con la cizaña. El uso de la palabra «cizaña» en el castellano nos llama la atención. A veces algunos decimos que tal persona ha dicho o nos ha tirado una cizaña, queriendo decir por esta expresión que alguien nos quiere insultar o provocar. Jesús explica que la cizaña en la parábola son los partidarios del maligno, del diablo. Los que crean un ambiente de ira sin justificación, de provocación innecesaria, de desacuerdo inútil entre los ciudadanos del Reino (el trigo), actúan como agentes del diablo. Son la cizaña que crea caos entre el trigo.

Esta provocación por los partidarios del diablo es una realidad que tenemos que enfrentar hasta el fin del mundo, no solamente dentro de la Iglesia pero en todo el campo que es el mundo entero. ¿Cómo podemos responder a la cizaña sin arrancarla?

La lectura del Viejo Testamento habla de la justicia de Dios, el Dios que tiene el poder y lo usa cuando quiere usarlo. Este Dios cuida «de todas las cosas». Juzga con misericordia pero también castiga a los que lo desafían. Dios se preocupará de la cizaña. ¿Qué entonces hacemos nosotros? San Pablo nos indica: orar en nuestra debilidad por medio del poder del Espíritu Santo. Pedimos ayuda contra la cizaña. Esa oración por medio del Espíritu ruega «conforme a la voluntad de Dios». Entonces no es cosa de nosotros arrancar la cizaña a la manera que nos parece conveniente. Es cosa de por medio de la oración buscar la voluntad de Dios hasta el fin del mundo.