3.7.11

Decimocuarto Domingo del T.O.: Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9, 11-13; Mateo 11:25-30

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¡Qué buena traducción tenemos en la versión castellano (aprobada por la Conferencia Episcopal Mexicana) de la lectura de romanos! En está traducción no se habla, como en íngles, de vivir «according to the flesh/en acuerdo con la carne», que muchas veces se mal entiende como una condenación del cuerpo.
Al contrario, san Pablo condena un modo de vida que es, como dice la traducción castellano, «conforme al desorden egoísta». San Pablo no tiene interés en condenar el cuerpo, el cuerpo que será hecho nuevo y transformado en la resurrección. Lo que condena es lo que controla el cuerpo sin el Espíritu Santo: el egoísmo.

El Espíritu nos libra del desorden egoísta--una liberación imposible por medio de nuestros propios esfuerzos. Hasta hoy en día la cultura popular y hasta muchos de los supuestos sabios e inteligentes proclaman, sin vergüenza, que lo normal y deseado es precisamente el egoísmo. Por eso se observa lo que el Papa Benedicto llama la «dictadura del relativismo» en la moralidad moderna que rebaja todo a nuestros deseos egoístas.

Pero Pablo enseña la liberación del egoísmo que es un desorden, por medio del Espíritu Santo. Y, en el Evangelio, Jesús le da gracias al Padre por haber revelado esta liberación a la gente sencilla y no a los sabios y entendidos. Precisamente Jesús nos llama a ser mansos y humildes de corazón: esa es nuestra condición normal y deseada, la condición opuesta  al egoísmo. Eso no quiere decir que debemos de ser débiles--todavía tenemos que cargar el yugo, pero es una empresa completamente diferente al proyecto del egoísmo. El yugo de Cristo es suave y su carga ligera porque el Espíritu nos da una fuerza sobrenatural.

El profeta Zacarías nos llama a la alegría porque viene el rey que nos dará la liberación. Nota que es un rey poderoso pero de una manera muy diferente: viene «humilde y montado en un burrito». El más poderoso es el humilde, que es opuesto al egoísta. Ya estaba anunciado en la Vieja Alianza la derrota del desorden egoísta que ha venido con Cristo y Pablo predicaba.