27.3.11

Tercer Domingo de Cuaresma: Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2, 5-8; Juan 4:5-42

Jesus and Samaritan womanImage via Wikipedia
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Vamos a empezar con el Evangelio. ¡Qué encuentro! Jesús se atreve a tratar a una raza odiada por los judíos. Jesús se atreve a hablar con una mujer. Jesús le pide un favor a la mujer. Y se interesa en la vida de la mujer samaritana. Le hace la pregunta clave que revela el problema de su vida: el hombre que tiene no es su marido. Y por el poder del Espíritu Santo la mujer dice la verdad. Una vida de confusión y mentira acaba en la confesión de la realidad que el hombre que tiene ahora no es su marido. Ahí en esa confesión verdadera empieza su conversión y su misión evangélica.

Nosotros también tenemos que enfrentar la verdad en nuestras vidas. La verdad es la realidad. Cristo no nos llama a escapar la realidad, sino a ver por primera vez la realidad de nuestras vidas y vivir en esa realidad. La mujer samaritana se dio cuenta de la contradicción central de su vida y cambió. La verdad es realismo. El cristianismo nos llama al realismo. En la sociedad, hay cierta idea que el cristianismo es una fantasía que no refleja las dificultades de la vida. Al contrario, somos nosotros, en una cultura sin Dios, que tapamos la verdad de nuestras vidas. Cristo nos abre los ojos.

En el libro del Éxodo, Moisés le abre los ojos a los israelitas dudosos de la providencia de Dios cuando produce agua de la piedra. San Pablo habla que la muerte de Jesús por nosotros «cuando aún éramos pecadores» prueba el amor de Dios. Ese mismo amor que iba acabar en la muerte le abrió los ojos con sus preguntas insistentes a la mujer samaritana. Y hoy nos abre nuestros ojos a la verdad, a la dignidad, y a la esperanza que tenemos en Cristo.