26.12.10

Sagrada Familia: Sirach 3:2-7, 12-14; Colosenses 3:12-21; Mateo 2:13-15, 19-23

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En el Evangelio, vemos como José responde con rapidez a la advertencia de Dios que se vaya a Egipto para proteger al niño Jesús. José es obviamente el modelo del padre que pone el bienestar de su familia primero. Por eso José «partió para Egipto» sin demorar. Huyó «esa misma noche». El padre y la madre ponen el bienestar de su hijo primero.

A tales padres se le da fácilmente el respeto y la honra como se manda en el libro de Sirach que amplifica el mandamiento dado por Dios de honrar a nuestros padres. San Pablo en su carta a los colosenses nos indica las virtudes que crean una familia en «perfecta unión»: amor, compasión, magnanimidad, humildad, afabilidad, y paciencia. La mujer debe de respetar al marido. El marido debe de amar la mujer y no ser rudo con ella. Los hijos deben de obedecer. Y los padres no deben de exigir «demasiado a sus hijos, para que no se depriman». El último consejo es de una importancia particular, especialmente cuando los padres quieren usar sus hijos como un medio de alcanzar sueños de éxito que no han podido lograr en sus propias vidas.

Se trata de una tendencia a usar los hijos como instrumentos de grandeza personal. Es un error fatal. Un hijo no es un instrumento para satisfacer nuestra vanidad. Un hijo es un don de Dios que tiene su propia y única vocación independiente de las ambiciones frustradas de los padres. Y también un hijo no tiene que ser perfecto. Tiene que ser aceptado como Cristo mismo nos acepta a nosotros en la diversidad de nuestras personalidades defectuosas. Esto no quiere decir que no se condena el pecado: el amor verdadero requiere siempre hablar claramente la verdad acerca de algo tan importante como el pecado. Pero se tiene que aceptar las diferencias inocentes de personalidad y de interés que no tienen relación ninguna al pecado.

Los padres que ponen a los hijos primeros y que aceptan a sus hijos como individuos con un destino nuevo lograrán, tarde o temprano, el respeto y la honra de esos mismos hijos. Pero si los padres no actuán como padres que les enseñan la verdad a sus hijos y que les dan consejos cristianos, entonces habrán complicaciones en el futuro. Si en la familia cada uno, como manda san Pablo, hace su papel debido, no habrán complicaciones en las relaciones familiares. Pablo nos describe un círculo de virtud entre los familiares mismos que acaba en la paz y no en conflictos y resentimientos.

19.12.10

Cuarto Domingo de Adviento: Isaías 7:10-14; Romanos 1:1-7; Mateo 1:18-24

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Lo central en las lecturas de hoy es la concepción virginal de Jesús como descendiente de David. En Isaías, el profeta dice que «la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros» (Is. 7:14).

Aquí viene al tanto una controversia falsa por parte de algunos que tratan de convencernos que la referencia hebrea original (la palabra hebrea «'almah») no es a una virgen sino a una muchacha joven de edad de matrimonio, sea virgen o no virgen, casada o no casada. Pero como dice el comentario en la Nueva Biblia de Jerusalén la traducción tradicional como virgen «es un testimonio de la interpretación judía antigua» de los judios que primeron traducieron sus Escrituras del hebreo al griego en la famosa traducción antigua llamada la Septuaginta. Esa traducción judía occurió antes de la llegada del cristianismo. Por eso, no es asunto de los cristianos tratando de imponer una traducción favorable al relato evangélico sino de una traducción judía que ya existía antes del cristianismo.

En su carta a los romanos, san Pablo advierte al nacimiento de Jesús del linaje de David como cumplimiento de las profecías de las Escrituras que ahora conocemos como el Antiguo Testamento (Rom. 7:2-3). Una de esas profecías era la misma profecía de Isaías en cual una virgen concebirá a un futuro rey del linaje de David. Pablo, indirectamente, se refiere a esta profecía de Isaías.
En el Evangelio, tenemos la historia propia de la concepción virginal de Cristo. Hasta ahora no se ha descubierto referencia en la literatura judía o pagana antigua a una ocurrencia semejante. Existen cuentos de nacimientos milagrosos, pero nunca se relata una concepción virginal sin contacto sexual.

Por eso, la concepción virginal de Jesús afirma dramáticamente la identidad única de Cristo como Dios, aunque la prueba definitiva al mundo entero no fue la concepción virginal sino la resurrección de Cristo de entre los muertos, como afirma san Pablo (Rom. 7:4). Y también se puede concluir que el hecho que no ocurren referencias a la concepción virginal de cualquier otra persona en el mundo antiguo significa que no se puede decir en manera convincente que el testimonio evangélico es un mero invento literario incorporado a la vida de Jesús por influencia de otras fuentes literarias. Como afirma la Iglesia en el Credo, Jesús fue encarnado de la Virgen María.

12.12.10

Tercer Domingo de Adviento: Isaías 35:1-6, 10; Santiago 5:7-10; Mateo 11:2-11

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En el Evangelio, Jesús responde a la pregunta del encarcelado Juan el Bautista. Nos asombramos que Juan el Bautista tiene cierta duda sobre la identidad de Jesús, aún después del bautismo de Jesús administrado por el mismo Juan. Jesús le responde con una lista de sus milagros y se refiere también a su evangelización hacia los pobres: «los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva». Todos estos acontecimientos son signos mesiánicos. ¿Cómo lo sabemos?

Tenemos la primera lectura del profeta Isaías: «Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo.» Los judíos, incluso a Juan el Bautista, sabían lo que significaba esa respuesta: Jesús es ciertamente el mesías anunciado por los profetas.

Y fue anunciado por largo tiempo y por muchos años de exilio y de sufrimiento. Por eso nos habla el apóstol Santiago en su carta sobre la paciencia que espera la redención final: «Tomad, hermanos, como modelo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.» Santiago era líder de los cristianos de origen judío y entendía muy bien que Jesús era la esperanza de su pueblo y que vindicaba los sufrimientos de todos los profetas antiguos. Aunque hay sufrimiento en la espera, también hay júbilo porque se celebran los gran acontecimientos del Mesías que cura a los enfermos y a los que sufren, acontecimientos tan bien expresados en la primera lectura de Isaías.

Nosotros hoy tenemos esa misma esperanza jubilosa. Sabemos que en la Navidad nos viene el mismo Mesías otra vez en la Eucaristía para invitarnos a ser sanados y curados por medio de su poder. El Adviento es un llamamiento para recibir la curación que todavía ofrece precisamente el mismo que le respondió a la pregunta de Juan el Bautista. Nosotros hacemos durante el Adviento la misma pregunta al mismo hombre: «¿Eres tú él que buscamos? ¿Eres tú que nos puede sanar físicamente y espiritualmente?» En Navidad, oimos otra vez la respuesta que oyó Juan: «Sí, soy ese».



5.12.10

Segundo Domingo de Adviento: Isaías 11:1-10; Romanos 15:4-9; Mateo 3:1-12

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Se habla hoy del Reino de Dios. Isaías nos da un retrato maravilloso de la paz y la armonía honda de ese reino. Es una paz tan radical que los que eran enemigos ya no serán enemigos. Hasta la naturaleza misma no será de ninguna manera una amenaza al hombre. Tendremos un rey lleno del espíritu de sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, piedad, y temor de Dios.

Estos son los dones del Espíritu Santo, las disposiciones de nuestra humanidad renovada que abren el camino a los frutos o perfecciones del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí (Gálatas 5:22-23). Por medio del Espíritu Santo, hoy mismo los cristianos participan en ese reino descrito por el profeta.

En la carta a los romanos, san Pablo describe a la comunidad cristiana disfrutando de los frutos del Espíritu Santo. Precisamente en esa comunidad nueva, en esa Israel Nueva, se ve el Reino de Dios prometido a los patriarcas. El reino mesiánico del Antiguo Testamento ya se encuentra en la comunidad cristiana.

En Mateo, se habla de san Juan el Bautista que anuncia que está cerca el Reino de Dios. Este profeta del Nuevo Testamento condena a los fariseos y saduceos que no cambian su modo de vivir, que no dan evidencia en sus vidas de la transformación del Espíritu Santo que vendrá en su plenitud por medio de Jesús. Por medio de la renovación del Espíritu Santo se inaugura el Reino de Dios ya en este mundo.