28.11.10

Primer Domingo de Adviento: Isaías 2:1-5; Romanos 13:11-14; Mateo 24:37-44

lamb and lion, embroidered kneeling cushionImage by Julia Manzerova via Flickr
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Isaías nos dice que la paz mundial vendrá por medio de la ley y de la palabra de Dios. En el Evangelio de san Mateo, Jesús, la Palabra de Dios, anuncia que él volverá como el Hijo del hombre. Este Hijo del hombre es el Mesías que inaugura la paz mundial en la profecía de Isaías. Isaías y el Evangelio tienen temas tan similares que, a veces, se refiere al libro de Isaías como el «Quinto Evangelio».

Para que venga esa paz mundial se necesita la paz en el corazón individual. En Romanos, san Pablo nos propone la conversión radical del individuo: abandonar el egoísmo para tirarnos en las manos de Jesucristo.

Pablo dice: «Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias ni desenfrenos, nada de pleitos ni envidias. Revístanse más bien, de nuestro Señor Jesucristo y que el cuidado del cuerpo no dé ocasión a los malos deseos» (Romanos 13:13-14).

Estas lineas fueron las que completaron la conversión dramática de san Agustín. Agustín leyó estas palabras de san Pablo en obedencia a una voz que le mandaba a «Recoger y leer». Agustín recogió las Escrituras, leyó este pasaje de san Pablo, y el cristianismo cambió por siempre. A fondo, las palabaras contra las lujurias y los desenfrenos, contra los pleitos y las envidias, nos llaman a abandonar el egoísmo. A revestirnos con Jesucristo abandonamos lo que nos quita la paz individual y mundial.

21.11.10

Cristo Rey: 2 Samuel 5:1-3; Colosenses 1:12-20; Lucas 23:35-43

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El ladrón bueno en el medio de la humillación de Jesús, en el medio de las burlas y los insultos, en el medio de su propia angustia física, en el medio de un momento negro que parecía no terminar, reconoció al rey del universo: «Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí».

Reconoció al rey verdadero de los judíos como decía el letrero sobre la cruz, al descendiente del Rey David de cual habla el segundo libro de Samuel. Reconoció al rey del universo por medio de cual «[t]odo fue creado . . . para él», como dice la carta de san Pablo. Reconoció a Cristo, ungido por Dios como David «para que sea el primero en todo».

¿Cómo fue posible que un criminal condenado en esas circunstancias pudiera hablar del Reino del crucificado? Oí un gran profesor jesuita decir una vez que hasta los cristianos simples hablan palabras de profecía sin darse cuenta. Este criminal arrepentido habló una profecía de cual todavía estamos hablando. En los momentos peores, nosotros también tenemos que estar dispuestos a hablar como profetas.

14.11.10

Trigésimo Tercero Domingo del T.O.: Malaquías 3:19-20; 2 Tesalonicenses 3:7-12; Lucas 21:5-19

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En Malaquías y en el Evangelio se habla del «día del Señor», el día de juicio. Tenemos que notar una frase inolvidable en Malaquías referiendose al premio que se dará a «los que temen al Señor». Es una frase que nos pone a pensar en la Hostia consagrada, en la Eucaristía: «brillará el sol de justicia, que les traerá la salvación en sus rayos». Eso es lo que vemos cuando se expone la Hostia en nuestros altares para la adoración eucarísitica. En la Eucaristía, tenemos ya la iniciación de la Segunda Venida de Cristo.

En Lucas, Jesucristo también nos promete en medio de las persecuciones que nos dará «palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes». Cristo otra vez nos aconseja no tener ansiedad y confiar que él nos dará lo que necesitamos.

San Pablo habla duramente a los tesalonicenses que no trabajaban y que pasaban el tiempo «entrometiéndose en todo». Parece que esperando el fin del mundo como inminente, algunos de los tesalonicenses habían abandonado sus responsabilidades. Pablo los llama a vivir vidas ejemplares de trabajo y responsabilidad. Esto nos indica que en el trabajo cotidiano hay un camino verdadero a la santidad que nos completa como seres humanos. Esta es la visión de Juan Pablo II y también de San Josemaría Escrivá, quien fundó la Opus Dei.

7.11.10

Trigésimo Segundo Domingo del T.O.: 2 Macabeos 7:1-2, 9-14; 2 Tesalonicenses 2:16-3:5; Lucas 20:27-38

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Hoy se afirma claramente la creencia clave de nuestra fe en la resurrección de los muertos. En la lectura de Macabeos, ya se ve esta fe en la resurrección afirmada por los mártires judíos. Esta resurrección no se trata de una creencia meramente en sobrevivir la muerte. Se trata de la resurrección del cuerpo. Uno de los hermanos mártires dice claramente: «De Dios recibí estos miembros . . . y de él espero recobrarlos». Creen en la resurrección del cuerpo, no solamente en la inmortalidad del espíritu.

En Lucas, Jesús corrige a los Saduceos que rechazaban la resurrección de los muertos. Y también nos instruye sobre el matrimonio humano: el matrimonio humano no se encontrará entre los resucitados. El matrimonio humano es meramente una indicación del amor y de la unión con Dios y con los otros fieles que nos espera en la resurrección. La particularidad del matrimonio humano será sustituido por una comunión más amplia y delectable entre los resucitados unidos en Dios.

San Pablo le habla a los tesalonicenses de su «consuelo eterno» y «feliz esperanza» que «los dispongan a toda clase de obras buenas y de buenas palabras». Ese consuelo eterno y esa feliz esperanza es la resurrección. Creer en la resurrección nos anima a una vida de obras buenas y de buenas palabras. No tenemos la desesperación de los que temen la muerte como el fin de la vida. Sabemos, por medio del testimonio apóstolico sobre la Resurrección de Jesucristo, que nos espera una vida más maravillosa que sobrepasa todos los placeres que hemos encontrado y disfrutado en este mundo.