26.9.10

Vigésimo Sexto Domingo del T.O.: Amós 6:1, 4-7; 1 Tm 6:11-16; Lucas 16:19-31

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No salen bien los ricos en estas lecturas. Todas las tres lecturas de hoy condenan la actitud típica del rico--una actitud de arrogancia, de superioridad. Esa arrogancia presume que, como un poderoso y rico, el adinerado controla su destino. Bueno, ese control es una ilusión, una mentira.

El profeta Amós era un profeta singularmente feroz en su condenación de la vida «buena» de los ricos. Condenó la vida lujosa de los ricos en frente de la catastrofe inminente que se acercaba a Israel en forma de los invasores de Asiria.

Jesucristo en la famosa historia de Lázaro y el hombre rico también nos demuestra la falsa seguridad del rico que también tiene que morir en un momento inesperado. La ilusión de control del rico se demuestra claramente.

San Pablo también se fija en la mentira de las riquezas materiales. Para ver claramenta este punto se tiene que leer el resto del capítulo seis en cual se encuentra la selección de hoy. Pablo también denuncia la ilusión del dinero.

Lo que Pablo le aconseja a Timoteo es que se concentre en una vida de «rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre», que luche «en el noble combate de la fe», todo para conquistar la vida eterna. El soberano de nuestro destino no es el dinero y el poder que se basa en el dinero. El «único soberano, rey de los reyes y Señor de los señores» es Jesucristo «el único que posee la inmortalidad».

El dinero es algo muerto, pero Cristo vive. El listo hace su inversión principal en Cristo.

19.9.10

Vigésimo Quinto Domingo del T.O.: Amós 8:4-7; 1 Timoteo 2:1-8; Lucas 16:1-13

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El mensaje de hoy es claro: tenemos que escojer entre el materialismo, el dinero, como dios, y el verdadero Dios. En el Evangelio, Jesús habla claramente: «no pueden ustedes servir a Dios y al dinero». Jesús completa las denuncias furiosas del profeta Amós en que Dios jura castigar a los que explotan y defraudan a los pobres.

Todo ese afán por el dinero, hasta el punto de defraudar, es una tontería. Es una ilusión. En verdad, los explotadores no son los que tienen el poder. El poder reside, como dice Pablo, en «un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre él también, que se entregó como rescate por todos».

En los documentos del Segundo Vaticano, la Iglesia repite esta enseñanza que la ley inscrita por Dios en la humanidad es la generosidad al prójimo, no la explotación o el fraude. Jesús es el ejemplo singular de esa generosidad por su entrega voluntaria a la muerte para rescatarnos. En esa entrega al otro se encuentra la verdadera riqueza y el verdadero poder guarantizado por el Creador de todo.

12.9.10

Vigésimo Cuarto Domingo del T.O.: Éxodo 32:7-11, 13-14; 1 Tm 1:12-17; Lucas 15:1-32

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Los sermones de hoy serán familiares: Dios es misericordioso y perdona a los pecadores. Pero en las lecturas, podemos notar algunos puntos que no se comentan frecuentemente. Decimos correctamente que el pecador tiene que primero arrepentirse. Pero nota como surge el arrepentimiento en estas lecturas. No es simplemente cosa que el pecador un día se despierta por su propia voluntad.

En Éxodo, los Israelitas se arrepentieron de su idolatría después que Moisés condenó su conducta. En la primera carta a Timoteo, san Pablo cuenta su propria conversión. Sabemos que esa conversión fue iniciada por la apariencia de Cristo mismo a Pablo cuando iba a Damasco. En el Evangelio, Jesus cuenta la famosa parábola del hijo pródigo que volvió a su padre después de haber fracasado en su vida disoluta. Vemos que la conversión y el arrepentimiento viene de acontecimientos: la condena de una figura profética, la voz del mismo Dios, o por medio del fracaso espectacular.

Cuando nos condena una persona que respetamos debemos de escuchar y no automaticamente atacar al mensajero. Debemos de orar y leer las Escrituras para poder oir la voz de Dios en nuestras vidas. En el medio del fracaso o las tragedias, debemos de analizar como cambiar nuestro modo de vida para volver a la casa del Padre y no simplemente continuar ciegamente en un estilo de vida irracional. Dios es en verdad misericordioso, y estas experiencias en cual podemos reconocer la realidad de nuestras circunstancias son parte de esa misericordia. Conocer nuestra realidad, conocernos en realidad como somos, es el primer paso para recibir la misericordia del Padre Dios. Sin ese primer paso de conocer como actualmente somos, acabamos en religión falsa que escandaliza a los que nos conocen en verdad.

5.9.10

Vigésimo Tercero Domingo del T.O.: Sabiduría 9:13-19; Filemón 9-10, 12-17; Lucas 14:25-33

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Vemos en estas lecturas que el Espíritu Santo trastorna nuestra sabiduría humana y convencional. En el libro de la Sabiduría, se dice que los «pensamientos de los mortales son inseguros y sus razonamientos pueden equivocarse». Lo que remedia esta situación es el «santo espíritu» enviado por Dios que aclara nuestras circunstancias.

Y como vemos en la Carta a Filemón, san Pablo muestra como la inspiración del Espíritu Santo trastorna nuestras maneras acostumbradas de pensar. Pablo le pide a Filemón que vea y trate a su esclavo Onésimo como un «hermano amadísimo» y como un «compañero». Con la sabiduría que viene del Espíritu Santo, Pablo invierta la manera de pensar convencional de la sociedad de su tiempo.

Y Jesús es más radical que Pablo en invertir y volcar nuestras expectaciones convencionales. Jesús nos urge que tenemos que estar preparados a renunciar a familiares y a todas nuestras posesiones materiales. Jesús dice que estar dispuesto a abandonar todo es parte del precio de tomar nuestra cruz y seguirlo.

¿Qué aplicación le podemos dar a estas palabras radicales? Bueno si, por ejemplo, nos hemos liberados del alcoholismo con la ayuda de Dios puede ser necesario apartarnos de amigos viejos y hasta familiares que siguen en la borrachera. Lo mismo se puede aplicar a los que han escapado el mundo satánico de las drogas. Puede ser que tengamos que renunciar también reuniones familiares llenas de cinismo, de celebración del materialismo, y de aprobación de estilos de vida inmorales. Tenemos que estar dispuestos a renuncias radicales cuando sean necesarias.

Jesús nos habla con el Espíritu Santo que aclara nuestras circunstancias y trastorna nuestras maneras normales de pensar y de vivir.