25.7.10

Decimoséptimo Domingo del T.O.: Génesis 18:20-32; Colosenses 2:12-14; Lucas 11:12-13

En la lectura de Génesis, vemos que Abrahán es un intercesor magnífico y persistente que se atreve a repetir sus peticiones por los inocentes de Sodoma y Gomorra. Sabemos del Evangelio que Abrahán todavía vive. Jesús nos dice que Lázaro, el pobre, cuando murió fue al seno de Abrahán (Lc 16:22). También nos dice Jesús que el Dios de Abrahán es Dios de los vivos (Lc 20:37-38).

Los cristianos, incluso los protestantes, tienen la costumbre de pedirle a sus compañeros que oren por ellos. ¿Si Abrahán todavía vive, porqué no podemos pedirle a Abrahán, el famoso intercesor persistente, que también ore por nosostros? Hasta el hombre rico en el Evangelio le pide ayuda al «Padre Abrahán» (Lc 16:24). Así se manifiesta la doctrina católica de la comunión de los santos por cual le pedimos a los santos en la tierra y en el cielo que oren por nosotros. Pedirle la ayuda a intercesores es parte de la persistencia que debemos de tener en la oración.

En la Carta a los Colosenses, san Pablo repite un aparente himno cristiano sobre el bautismo en cual somos sepultados en Cristo y resucitados con Cristo a una vida nueva. Dios nos salvó en Cristo aunque estuvimos «muertos» en nuestros delitos. La persistencia no es solamente para nosotros los humanos que oramos. Tenemos un Dios persistente en salvarnos hasta cuando somos culpables. Dios sobrepasa a Abrahán porque Dios intenta salvar no solo a los aparentemente inocentes pero también a los muertos en el pecado. Este Dios es tan persistente en salvarnos que hasta se hizo hombre en Jesucristo.

En el Evangelio, Jesús nos da el Padre Nuestro como modelo de la oración y nos manda a persistir en presentar nuestras peticiones en la oración. No hay conflicto entre aceptar la voluntad de Dios cuando decimos en el Padre Nuestro «venga tu Reino» y seguir haciendo petición a Dios. Me acuerdo oir un sacerdote misionero, que trabaja en condiciones terribles en Africa, decirle a una congregación norteamericana, que la vida no significa nada sin la lucha. La oración es lucha como el ejemplo de Abrahán nos indica y como Jesús nos indica cuando nos manda a seguir molestando a Dios con nuestras peticiones. En esa lucha, llegaremos a conocer lo que significa nuestras circunstancias y entonces podremos orar autenticamente las palabras del Padre Nuestro «venga tu Reino» y «hágase tu Voluntad» (Mt 6:10).

Jesucristo es nuestro ejemplo, un ejemplo superior a Abrahán. El ejemplo de la oración persistente de Abrahán apunta a la oración perfecta de Jesús al Padre. En el monte de los Olivos, Jesús en su agonía y lucha oró que se apartará la copa de su sufrimiento, pero añadió que se haga la voluntad del Padre (Lc 22:42). En la lucha persistente de la oración, Jesús encontró su misión y el significado de su vida. Cristo es el intercesor, mediador, y abogado supremo frente al Padre. El sacrificio de su muerte fue la oración perfecta que nos dio a nosotros, muertos en el pecado, la nueva vida.

18.7.10

Decimosexto Domingo del T.O.: Génesis 18:1-10; Colosenses 1:24-28; Lucas 10:38-42

El tema de las lecturas de hoy es Cristo. Cristo manifestado en el Viejo Testamento, Cristo manifestado en la predicación de san Pablo, y Cristo mismo en el Evangelio. A Abraham se le aparece el Señor en forma de tres hombres. El número tres nos recuerda de la Santa Trinidad que se manifestará plenamente en el Nuevo Testamento.

Abraham tiene un encuentro misterioso con los tres hombres. San Pablo le escribe a los colosenses sobre el «misterio escondido desde siglos y generaciones y manifestado ahora a sus santos». Ese misterio «es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria». Los Padres de la Iglesia primitiva enseñaban que las manifestaciones de Dios en el Viejo Testamento eran en verdad manifestaciones de Cristo, el Verbo de Dios, en cual Dios se hace visible. El misterio de la apariencia del Señor a Abraham se ilumina en Cristo.

En el Evangelio, Jesús visita a la casa de Marta y María. Como Abraham, Marta se preocupa con prepararle la mesa al visitante. Pero Jesús alaba a María que se sienta a los pies de Jesús a escucharlo. Esta actitud de María es un elemento nuevo y necesario porque Jesús es la culminación de la revelación de Dios que vimos en la vida de Abraham. Ahora el misterio escondido a las generaciones del pasado se ha iluminado con la llegada de Cristo. Por eso debemos también sentarnos a esuchar a Cristo como hizo María.

11.7.10

Decimoquinto Domingo del T.O.: Deutoronomio 30:10-14; Colosenses 1:15-20; Lucas 10:25-37

El tema de hoy es la Ley de Dios. En el Evangelio, Jesús nos habla del buen samaritano que, en contraste con los profesionales de la religión, para y se porta como prójimo al hombre herido, como requiere la Ley. Por eso, lo mataron. Mataron a Jesús porque expuso la hipocresía de los oficiales religiosos de su tiempo.

A la misma vez, Jesús completó la revelación de la Ley de Dios que se inició en Deutoronomio por Moisés. Moisés habla que la Ley no está lejos pero «en tu boca y en tu corazón». Ahora viene Jesús, quien san Pablo llama «imagen del Dios invisible» en cual habita «toda plenitud». Jesús mismo es la encarnación de la Ley que contiene la revelación completa de Dios en toda plenitud. Ahora si es verdad que la Ley esta aquí en nuestra presencia y no en el cielo o al otro lado del mar fuera de nuestro alcance. Hasta hoy en las sinagogas se mantiene en un lugar especial, semejante al tabernáculo de nuestras iglesias católicas, los rollos de la Ley. Para nosotros, Cristo mismo en forma eucarística toma el lugar de esos rollos.


Por eso cuando practicamos la caridad al prójimo, mandada por la Ley, estamos unidos a Cristo en una manera profunda. La Ley de Dios es una persona, y esa persona es Cristo. En él vemos la imagen de Dios. No se puede decir que la Ley es una carga impersonal y ajena que nos oprime y nos quita la libertad. Al contrario, la Ley es Cristo mismo, una persona que nos ama y que nos llama a amar.

4.7.10

Decimocuarto Domingo del T.O.: Isaías 66:10-14; Gálatas 6:14-18; Lucas 10:1-12, 17-20

Un tema de las lecturas de hoy es la separación, la separación entre los que aceptan el evangelio de Dios y los que rechazan el evangelio de Dios. En Isaías, el profeta proclama la paz y bondad que Dios le dará a su pueblo. Pero en la parte de Isaías que no se lee hoy, también se habla del castigo de Dios a sus enemigos. En Lucas, Jesucristo manda a los setenta y dos discípulos a los pueblos antes de que llegue Jesús. Jesús los manda a traer paz y a curar a los enfermos. Pero a los pueblos que rechazan al evangelio, Jesús le dice a sus discípulos que sacuden el polvo de sus pies «en señal de protesta» contra tal pueblos. La decisión libre que rechaza el evangelio trae separación de Dios. No es asunto de cristianos juzgando en lugar de Dios, pero de reconocer las consecuencias de rechazar el evangelio. Cuando reconocemos esas consecuencias, a la misma vez reiteramos la urgencia de aceptar la invitación rechazada del evangelio.

En la carta a los gálatas, san Pablo se gloria solamente en la cruz de Jesucristo. Pablo da el ejemplo del cristiano que sabe que la cosa más importante y clave en la vida es Jesucristo. Todas las otras cosas del mundo merecen, en comparación, indiferencia. Por eso es que al rechazar el evangelio nos condenamos nosotros mismos. No son los cristianos que nos condenan. Somos nosotros mismos. De ese rechazo resulta la separación señalada cuando Jesús nos ordena a sacudir el polvo de nuestros pies. Por eso en la sociedad de hoy, los cristianos tienen que estar preparados a romper con la manera de vida de los que rechazan el evangelio y sacudir el polvo de sus pies en protesta contra tal rechazo. Esa protesta es la mejor misericordia que se les puede dar a los que se condenan por rechazar el evangelio.