27.6.10

Decimotercero Domingo del T.O.: 1 Reyes 19:16, 19-21; Gálatas 5:1, 13-18; Lucas 9:51-62

Las lecturas de hoy dan un gran contraste entre la vocación profética bajo la Vieja Alianza y la vocación apostólica en la Nueva Alianza de Jesucristo. En el libro de Reyes, Elias apunta al profeta que tomará su lugar: Eliseo que se encuentra con la mano en el arado. Eliseo pide y recibe permiso para despedirse de sus familiares antes de tomar su nueva vocación profética.

Al contrario, Jesucristo no da semejante permiso a los que el llama a una vida apostólica. Famosas son las palabras de Jesús: "Deja que los muertos entierren a los muertos." También dice: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios." Como en sus otras enseñanzas, Jesucristo exige mas que la ley del Viejo Testamento. Jesús exige una lealtad semejante a la de Abrán que estuvo dispuesto a sacrificar todo, incluso a su hijo, para obedecer la llamada de Dios.

En la carta a los gálatas, san Pablo le pide a los gálatas que no caigan otra vez bajo el yugo de la esclavitud de la ley. Les pide que vivan en el Espíritu Santo, no con espiritu de esclavitud. En la historia de Eliseo, también se habla de un yugo sobre bueyes abandonados por Eliseo para abrazar su vocación nueva de profeta. San Pablo esta llamando a los nuevos cristianos a esa misma libertad que viene con la nueva vocación de cristiano.

Esa libertad se funda en obediencia a la misión dada por Dios a cada uno de nosotros por medio de Jesucristo. Esa misión es nuestra vocación profética y apostólica. Es nuestro destino. Es la razón de nuestra existencia. Por eso, obediencia a esa misión de Dios es superior a los lazos mas familiares que tengamos. Todos ahora tienen que relacionarse con nosotros a base de esa nueva misión. Los que no reconocen a nuestra misión quedan atrás porque no podemos mirar hacia atrás. Quedan como muertos para el nuevo cristiano. Es parte inevitable y escandalosa de la conversión.

20.6.10

Duodécimo Domingo del T.O.: Zacarías 12:10-11;13:1; Gálatas 3:26-29; Lucas 9:18-24

El profeta Zacarías anuncia lo que comunica el Señor. Y el Señor comunica que su Pueblo hará duelo sobre el que «traspasaron con la lanza», sobre el Cristo, como un padre que llora un hijo muerto. En la Carta a los Gálatas, san Pablo completa la profecia de Zacarías cuando dice que ahora todos los pueblos son hijos de Dios por medio de su Bautismo que los incorpora en Cristo. Por medio de Cristo, el Hijo traspasado con la lanza, podemos ser también hijos de Dios y conocer a Dios como un padre intimo. Esa intimadad del Padre se significa en la manera distintiva con que Cristo llamaba al Padre: «Abba».

En el Evangelio, Cristo hace su propia profecia cuando anuncia su sufrimiento, su muerte, y su Resurrección. Cristo no murió inesperadamente. Cristo sabía lo que tenía que pasar porque era la misión que recibió del Padre. Por eso, Cristo nos llama en el Evangelio a tomar nuestra cruz y a perder nuestra vida por la causa de Cristo. La causa de Cristo es la misión del Padre. Como Cristo, encontraremos nuestra vida cuando la entregamos por esa misión. En nuestras vidas, por el Bautismo, duplicamos la forma de la vida de Cristo: obedeciendo la misión que el Padre nos da y tomando nuestra cruz personal.

13.6.10

Undécimo Domingo del T.O.: 2 Samuel 12:7-10, 13; Gálatas 2:16, 19-21; Lucas 7:36-50

¡Qué interesante las lecturas de hoy que ponen juntas la historia del pecado de David-- que acabó en el asesinato de Urías para obtener su mujer para David-- con la proclamación en el Nuevo Testamento que somos salvos por fe en Jesucristo! Bueno, David es el antepasado más famoso de Jesús de Nazaret. Jesús es rey de Israel como descendiente del Rey David. Y aquí tenemos al prototipo del rey mesiánico cometiendo un horrible pecado: matar un hombre por lujuria hacia su mujer. ¿Qué nos estará diciendo la Iglesia en poner estas lecturas juntas para este domingo?

Hay que pedirle a Dios la luz, como siempre, para comprender algo de todo esto, especialmente lo que Dios nos está diciendo a cada uno de nosotros. David se arrepienta cuando oye la acusación del profeta Natán. Tenemos que escuchar a los profetas: en las Escrituras y en la vida diaria. Lo que vemos en David es que hasta una persona tan cerca a Dios puede cometer un crimen extraordinario y mantenerse en complacencia. Si le pasó a David, nos puede pasar a nosotros. Por eso es esencial leer la Biblia, orar, y hacer examinación de conciencia--e ir a confesarse. Somos por naturaleza «ciegos» por medio de nuestro egoísmo. Necesitamos muchas oportunidades para obtener la luz del día para nuestros hechos.

Pero Dios, cuando vio el cambio de corazón de David, lo permitió vivir. En las lecturas del Nuevo Testamento para hoy, se habla del descendiente perfecto de David quien murió por cada uno de nosotros. Dios perdonó a David. Ahora, por medio de Jesucristo, el hijo de David, Dios también nos perdona. ¡Qué ironía! El hijo de David con la mujer de Urías era el rey Salomón. Y Jesucristo es descendiente de ese mismo Salomón (vea Mateo 1:6-7). De lo más malo, Dios saca el milagro de la salvación. Es un misterio profundo. No se va explicar aquí. Pero, como dice un sacerdote que conozco, si se puede decir, por lo menos, definitivamente que tenemos un Dios que le gusta con pasión buscar manera de salvarnos, las maneras más inesperadas y sorprendentes. Por eso, se nos exige la fe de plena confianza en el Dios que ama salvarnos. Amén.

6.6.10

El Cuerpo y La Sangre de Cristo: Génesis 14:18-20; 1 Co. 11:23-26; Lucas 9:11-17

En Génesis, tenemos a Melquisedec ofreciendo con pan y vino la primera "eucaristía," que en griego indica dar gracias. Esta conexión de los elementos del pan y el vino con dar gracias obviamente prefigura la Eucaristía instituida por Cristo en el Evangelio. En la Carta a los Hebreos en el Nuevo Testamento, se refiere a la acción de gracias de Melquisedec:

[C]uyo nombre significa, en primer lugar, «rey de justicia» y, además, rey de Salem, es decir «rey de paz», sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre.

Hb 7:2b-3 (énfasis original).

Las Escrituras claramente asemejan a Cristo con Melchisedec. Cristo, como la Palabra de Dios, que siempre existió con el Padre es como Melquisedec el rey de justicia y de paz sin genealogía humana en su preexistencia divina. Ese Melquisedec, en mi opinión privada y personal, es Cristo. Y nota que Melquisedec como Cristo es sacerdote. El sacerdocio y la Eucaristía estan ligados estrechamente desde el Viejo Testamento, y esa conexión es el tema notable de la Carta a los Hebreos.

En la lectura de Corintios, san Pablo transmite la tradición de la institución por Cristo de la Eucaristía. Ahora vemos la significacíon del sacrificio de Melquisedec: Dios mismo se sacrifica por nosotros. Abram respondió a la bendición de Melquisedec con «el diezmo de todo lo que había rescatado». Nosostros hoy sabemos que la bendición prefigurada por Melquisedec incluye el sacrificio extravagante del cuerpo y la sangre del Hijo de Dios. Por eso, como una gente eucarística inevitablemente respondemos con la misma generosidad agradecida que Abram mostró toda su vida.

En el Evangelio, Cristo multiplica los cinco panes y los dos pescados para la gente que se encontraba en un lugar solitario. Cristo satisface la hambre de la gente y nuestra hambre también. Como el Nuevo Melquisedec que existe sin comienzo y sin fin, el Alfa y el Omega, Cristo, la Palabra de Dios, es nuestro Creador. Como Creador, solamente él puede satisfacer la hambre de nuestros corazones. Ninguna criatura, ningún objeto de este mundo puede satisfacer el corazón humano. Como la gente, cuando nos encontramos con hambre en un lugar solitario, nos damos cuenta que solo Dios puede resolver nuestra hambre. En la agitación de la vida, finalmente nos damos cuenta en esos momentos solitarios que la Satisfacción siempre estuvo ahí, tranquila y serena, en los tabernáculos de nuestras iglesias esperando para saciar nuestros corazones intranquilos.