28.2.10

Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 15:5-12, 17-18; Filipenses 3:17-4:1; Lucas 9:28-36

En Génesis, Dios hace su alianza con Abram. Inmediatamente antes de los versos que inician la lectura de hoy, Abram le pregunta a Dios porque lo ha dejado sin hijo. Dios responde con una promesa: «te heredará uno que saldra de tus entrañas» (Gn 15:4). Dios también promete que la descendencia de Abram será tan numerosa como las estrellas (Gn 15:5).

En la carta a los filipenses, San Pablo nos llama a imitarlo basados en la fe que Cristo cambiará a nuestros cuerpos miserables en los cuerpos gloriosos de la resurrección. Es la misma fe que tuvo Abram cuando Dios le prometió un hijo aunque el cuerpo de Abram ya estaba «sin vigor--tenía unos cien años-- y el seno de Sara, igualmente estéril» (Romanos 4:19). Como Abram tuvo fe que su cuerpo casi muerto iba a tener fruto en su descendencia, nosotros igualmente tenemos que tener fe que nuestros cuerpos miserables y débiles seran transformados en los cuerpos gloriosos de la resurrección. También tenemos que notar que, para San Pablo, Jesucristo mismo es singularmente el descendiente de Abram (luego llamado Abrahán) (Gálatas 3:16). Por eso Cristo recibe la promesa que recibió Abram, y nosotros, por medio de Cristo, somos también herederos de esa promesa y alianza original que Dios hizo con Abram (Gálatas 3:29).

En el Evangelio, San Lucas nos presenta la Transfiguración. Jesús aparece glorificado con Moisés y Elías, todos descendientes de Abrahán. Dios proclama por medio de la Transfiguración el cumplimiento total de la alianza vieja que empezó con Abram. Como el cuerpo casi muerto de Abram fue milagrosamente hecho capaz de tener hijos, el cuerpo de Jesús aparece en su condición gloriosa. La voz del Padre anuncia que Jesús es su Hijo. Ahora vemos la manera sorprendente y magnificamente generosa en que Dios cumple su promesa antigua a Abram: Dios mismo, por medio de la Encarnación, se hace descendiente de Abram.

En resumen, vemos una triple transfiguración de la promesa original hecha a Abram en Génesis: la promesa de fertilidad al cuerpo viejo de Abram se transforma en la realidad de la glorificación del cuerpo de Cristo y en la promesa de también glorificar nuestros cuerpos miserables en la resurrección, la promesa de descendencia humana se transforma en el hecho maravilloso que en la Encarnación Dios mismo se hace hijo de Abram, la promesa que Abram será padre de muchos se convierte en la realida que, por medio de su descendiente Jesucristo, Abram es en realidad padre de todas las naciones.

21.2.10

Primer Domingo de Cuaresma: Deuteronomio 26:4-10; Romanos 10:8-13; Lucas 4:1-13

En el Evangelio, vemos el diablo derrotado: trató de parar la misión salvadora de Jesús. Fue una tentación sutil--una tentación a usar a Dios para nuestra voluntad, en vez de entregarnos a la voluntad del Dios Padre. Jesús ganó la victoria porque en cada instante se nego a usar al Padre. La misión de Jesús era obedecer a su Padre. Nosotros también tenemos que obedecer a nuestro Dios Padre, no tratar de explotarlo, usarlo, o manipularlo. El Padre nos quiere profundamente, tiene planes para bien para cada uno de nosotros, tiene toda la sabiduría y todo conocimiento, sabe lo que nos verdaderamente conviene. Entregarse al Padre es entregarse al amor más profundo y potente del mundo. Las tentaciones del diablo se fundan en la mentira que nosotros sabemos más sobre nuestro bien que el Padre. Él que tiene experencia de la vida sabe que el Padre sabe más que nosotros.

En la lectura de Deuteronomio, Moisés le recuerda a los israelitas sobre el amor de Dios manifestado en la liberación del pueblo cuando salieron de Egipto. Para cada uno de nosotros, Dios también tiene una liberación igualmente dramática--una liberación del pecado, de la tristeza, y de la soledad. En la lectura de la carta a los romanos, San Pablo nos llama muy simplemente a la salvación: «Porque basta que cada uno declare con su boca que Jesús es el Señor y que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, para que pueda salvarse». Como también dice en esta lectura, ahora somos como los israelitas: podemos invocar a Dios para salvarnos. Podemos invocar a Dios para librarnos de la esclavitud de la desesperanza, cruzar nuestro Mar Rojo, y llegar a la Tierra Prometida.

14.2.10

Sexto Domingo del T.O.: Jeremías 17:5-8; 1 Co. 15: 12, 16-20; Lucas 6:17, 20-26

Las Bienaventuranzas en el Evangelio siempre nos perplejan porque llaman dichosos a los que son pobres, a los que tienen hambre, a los que lloran, y a los que son insultados y odiados. La lectura de Jeremías nos da una manera de entender las paradojas anunciadas por Jesús en las Bienaventuranzas. Jeremías nota que el Señor dice que maldito es el hombre «que confía en el hombre» y bendito es el hombre «que confía en el Señor». Los que a nosotros nos parecen malditos--los pobres, los hambrientes, los que lloran, los insultados--ya no pueden confiar en los hombres porque son precisamente los hombres que los han hecho malditos. Los rechazados por los hombres no tienen remedio que confiar en Dios. Y por eso los aparentemente «malditos» son en realidad los dichosos.

Son dichosos porque su confianza en Dios lleva un promesa escatológica: que los que confían en Dios serán satisfechos y glorificados por Dios. Por eso, en mi opinión, las Bienaventuranzas son una profecía de la pasión y crucifixión de Cristo. Cristo se hizo «maldito» por nosotros en su agonía antes de ser detenido por los soldados y también en los insultos y el odio que recibe de la muchedumbre, de los líderes judíos, y del los soldados romanos y que acaba en la crucifixión brutal. Pero esa maldición también acaba en la gloria de la Resurrección.

La lectura de San Pablo nos habla de esa glorificación por medio de la resurrección. Y claramente nos dice que si confiamos solamente en «las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres». En otras palabras, si confiamos solamente en las cosas de los hombres seremos los verdaderamente malditos, como nos dice Jeremías.

7.2.10

Quinto Domingo del T.O.: Isaías 6:1-2, 3-8; 1 Co. 15:1-11; Lucas 5:1-11

Estas lecturas hablan de nuestra misión por medio de las misiones entregadas por Dios a Isaías, a Pablo, y a Simón Pedro. Todos estos hombres primero reciben una manifestación de la gloria de Dios. Isaías ve al Señor en su trono con los serafines. Pablo menciona como el Cristo resucitado se manifestó a él aún cuando estaba persiguiendo a los cristianos. Pedro ve la gloria de Dios cuando Jesús le manda a volver a pescar después de pasar una noche entera sin tener éxito. El resultado es que «las redes se rompían». Todos ven la gloria de Dios.

Y cada uno de estos hombres reconoce su condición de pecador. Isaías dice «¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros . . . .» Pablo reconoce que él fue «como un aborto . . . . el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol». Simón Pedro respondió: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!»

Pero la gracia de Dios los purificó y les dio su misión. El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar comentó como, antes de encontrarse con Cristo, Simón no pudo descrubrir su misión particular por medio de sus propios esfuerzos como pescador. Solamente por medio de Cristo pudo Simón descrubrir que su destino eterno y verdadero era de ser Pedro y no simplemente el pescador Simón. También cada uno de nosotros se descubrirá solamenta por medio de un encuentro con Cristo quien nos da nuestra misión particular y eterna.