31.1.10

Cuarto Domingo del T.O.: Jeremías 1:4-5, 17-19; 1 Co. 12:31-13; Lucas 4:21-30

Hoy en día tenemos que defender contra la mentira y la traición el derecho fundamental a la vida, un derecho que pertenece a todos los seres humanos desde el momento de la concepción. El Papa ha declarado que este derecho a la vida es «primero y fundamental». Las Escrituras de hoy anuncian esta verdad. El profeta Jeremías repite las palabras de Dios: «Desde antes de formarte en el seno materno, te conozco; desde antes de que nacieras, te consagré como profeta para las naciones». No hay duda que la vida y el derecho a la vida existen en el seno materno antes de nacimiento.

En el salmo responsorial (Salmo 70), dice el salmista: «Desde que estaba en el seno de mi madre, yo me apoyaba en ti y tú me sostenías». Antes de nacer, el niño ya tiene una relación íntima con Dios. El salmista es también un profeta como Jeremías porque se dedica a proclamar «siempre tu justicia y a todas horas, tu misericordia».

Estas Escrituras apuntan al Evangelio en cual Jesús le anuncia a su pueblo de crianza que él es el profeta y Mesías prometido por Dios. Como el profeta más grande Jesús obviamente tenía una relación intima con Dios en el seno de María. Como el Hijo de Dios nacido de la Virgen por el poder del Espíritu Santo sabemos que esta relación era en realidad una identidad con Dios. Dios mismo entró en el seno maternal. Dios mismo se identificó con los niños atacados hoy en día por el aborto. Además vemos que el pueblo donde se crió Jesús lo rechaza y trata de matarlo. Jesús nota «que nadie es profeta en su tierra». Los de su propia tierra rechazan a Jesús como desgraciadamente muchas madres confusas rechazan por medio del aborto a los niños en sus senos maternales. El niño en el seno de su madre es un tipo de profeta que proclama por su propia existencia el poder y la gloria de un Dios que puede crear una vida nueva con una alma eterna. El aborto es el rechazo violento a esos profetas pequeños.

Ese rechazo es lo opuesto a la caridad celebrada por San Pablo en el décimotercio capítulo de la primera carta a los corintios. «El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites». Ese es al amor que debe de recibir a cada niño creciendo en el seno maternal.

24.1.10

Tercer Domingo del T.O.: Nehemías 8:2-4, 5-6, 8-10; 1 Co. 12:12-30; Lucas 1:1-4; 4:14-21

Despues del exilio, Esdras llega a Jerusalén y lee el libro de la Ley. Los comentaristas llaman a Esdras el padre del judaísmo fundado en el pueblo especial y escogido de Dios, en la Ley, y en el Templo. El pueblo se pone de pie cuando Esdras abre el libro de la Ley. El pueblo llora cuando se lee del libro. ¿Porqué lloran? Supongo que reconocen la belleza de la palabra de Dios, el esplendor de la verdad, y se entristecen por su ignorancia y negligencia de la ley. La asamblea responde con conversión a oir la palabra de Dios. En el salmo 18, que también se lee hoy, el salmista alaba la ley perfecta de Dios que hace el pueblo llorar.

En el Evangelio, Jesús también lee la palabra de Dios antes de una asamblea. Jesús lee las palabras de Isaías describiendo el jubileo en que llega la salvación a todos y en que se remedia todas las injusticias del pueblo. Pero cuando comenta, Jesús se atreve a decir que «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». El pueblo no llora. Si se lee más adelante en este mismo capítulo de San Lucas, se ve que el pueblo de Nazaret finalmente responde con odio y trata de matar a Jesús. No puede aceptar que este hombre que salió de entre ellos mismos puede ser el que inaugura el reino de Dios. En contraste con Esdras, Jesús no reestablece la religión vieja: Jesús es la realización completa y final del judaísmo.

El nuevo pueblo, la nueva asamblea, inaugurada por Jesús no se limita a una sola raza. Es una asamblea que incluye a todos, como anuncia San Pablo en la lectura de corintios, «seamos judíos o no judíos, esclavos o libres». Este nuevo pueblo es el cuerpo de Cristo sin envidia o resentimiento, un cuerpo en que todas las partes sufren y se alegran juntas. Aunque muchos tratan hoy en día de dividir la Iglesia con envidia y resentimiento, hasta tratando de derrumbar la jerarquía establecida por Jesucristo, el cuerpo sigue unido por un solo Espíritu.

17.1.10

Segundo Domingo del T.O.: Isaías 62:1-5; 1 Corintios 12:4-11; Juan 2:1-11

En Isaías, el Señor Dios es el Esposo de Israel: «como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo». En el resto del Viejo Testamento, Dios también es el Esposo de Israel. Por eso, cuando llegamos al Nuevo Testamento donde se le llama a Jesús el Esposo de la Iglesia tenemos una afirmación clara de la divinidad de Jesucristo, de la identidad de Jesús con el Señor Dios del Viejo Testamento.

En el Evangelio de San Juan, Jesús es un invitado a la boda en Caná. Pero Jesús es más que un invitado. Él, y no el novio, es responsable por la abundancia del vino nuevo y mejor que se le da a todos los invitados. El mayordomo, que no sabe del milagro de Cristo, felicita al novio por guardar el vino mejor para lo último. Pero, como saben los sirvientes y como sabemos nosotros, el novio no tuvo papel ninguno en la provisión del vino mejor. Sabemos nosotros que el esposo verdadero no es el novio, pero Jesús, y los invitados son la Iglesia a cual Jesús le da el vino mejor y nuevo de su sangre. A la mentalidad judía sumergida en las Escrituras de su religión es claro que el Esposo es una figura de Dios mismo. Por eso, San Juan nos está diciendo en este milagro que Jesús es Dios.

Y como católicos, no podemos olvidar el papel clave de María. Ella es la que intercede por los invitados necesitados. Hoy le pedimos a María que sigua orando por nosotros a su hijo como hizo en la boda de Caná por los invitados. Y nos acordamos de lo que ella nos aconseja: «Hagan lo que él les diga». María siempre apunta a Jesús y nunca a sí misma.

Vemos también en el episodio de Caná algo importante sobre el sacerdocio católico. El sacerdote es el imagen de Jesús el Esposo de la Iglesia. Por eso, el sacerdote es varón. El aspecto femenino y fundamental de la Iglesia se ve en María, la Madre de la Iglesia, que pide por los invitados que somos nosotros. El aspecto varonil y el aspecto femenino funcionan en concordia por medio del Espíritu de Dios. Son aspectos diferentes pero están de acuerdo. Esta visión de la concordia de los diferentes aspectos de la Iglesia se ve claramente en la Primera Carta a los Corintios, en cual San Pablo habla de diferentes dones, diferentes servicios, y diferentes actividades que son manifestaciones cooperativas de un mismo Dios y Espíritu.

También podemos poner una nota más personal al milagro de Caná: el vino mejor apareció a lo último. En la vida, hay muchas desilusiones inevitables. Pero el creyente que ora fielmente sabe que Jesús sabe darnos al fin lo mejor. Esperamos en nuestras circunstancias personales la intervención de ese mismo Jesú del Evangelio que vive aún hoy mismo y para siempre. Invocamos a María que le pida a Jesús, igual como ella hizo en Caná, que nos de el vino mejor. Esa misma María todavía vive y todavía intercede por nosotros, para cambiar el agua al vino de alegría, hasta el último momento de nuestras vidas.

10.1.10

Bautismo del Señor: Isaías 42:1-4, 6-7; Hechos 10:34-38; Lucas 3:15-16, 21-22

La epifanía o manifestación de Cristo continúa con su bautismo en el río Jordán a manos de san Juan Bautista. El profeta Isaías habla de este momento cuando el Padre públicamente reconoce a su Siervo que trae la salvación. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pedro habla del bautismo de Juan después de cual se inició el ministerio público de Jesús. En el Evangelio, tenemos un panorama trinitario: la voz del Padre proclama a su Hijo, y desciende el Espíritu Santo «en forma de paloma».

Tenemos todos los elementos de la manifestación de Cristo. Primero, Cristo es el Mesías or Rey esperado por los profetas antiguos de Israel. Segundo, Jesús es el Hijo de Dios y por primera vez se anuncia el misterio de la Trinidad divina de Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Finalmente, el bautismo de Jesús empieza su trabajo público de sanar, salvar, y enseñar. La respuesta a esta triple manifestación es nuestro proprio bautismo donde reconocemos al Mesías (Rey) de Israel, donde entramos en una nueva vida en el nombre de la Trinidad, y donde empezamos una vida de conversión continua por medio de cual Cristo nos sana y nos instruye, como hizo en sus viajes por toda la Tierra Santa.

3.1.10

Epifanía: Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3a, 5-6; Mateo 2:1-12

En la Epifanía celebramos el hecho que Cristo es el único Salvador de todo el mundo, sea judío o no judío. Conocemos muy bien las Escrituras que leemos hoy. Pero como muchos se opusieron al apostolado de san Pablo a los paganos, hoy muchos se oponen al lo que enseña la Iglesia Católica: que Jesucristo es el único Salvador de toda la humanidad, hasta de la humanidad que no conoce a Cristo. La salvación de los que no son cristianos se logra por medio de la muerte salvadora de Cristo. La gracia de salvación que pueden recibir, en sus propias circunstancias, los que no son cristianos proviene objectivamente de Jesucristo y de su muerte aunque ellos no conozcan a Cristo en una manera explícita.

Por eso, como san Pablo predicó el Evangelio a los paganos, hoy se tiene que predicar el Evangelio a los que no son cristianos de cualquier tradición religiosa. El que pertenece a otra religión está en una situación objetivamenta defectuosa porque la plenitud de la verdad está en Cristo por el cual todo vino a existir. Cristo completa los elementos de verdad que existen en otras religiones y elimina los errores mezclados con esos mismos elementos de verdad. Las aspiraciones de todas las culturas y religiones se completan solamente en Jesucristo. Por eso, no podemos excluir a ninguna persona o ninguna religión del evangelismo. La única via a la salvación pasa por Cristo.