17.10.10

Vigésimo Noveno Domingo del T.O.: Éxodo 17:8-13; 2 Timoteo 3:14-4:2; Lucas 18:1-8

Flag of Israel with the Mediterranean sea in t...Image via Wikipedia
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Algunos tratan de criticar la lectura de hoy que viene del libro del Éxodo, en cual Dios ayuda a los israelitas acabar con sus enemigos, los amalecitas. El pasaje empieza con el ataque de los amalecitas. Dios entonces, por medio de las manos alzadas de Moisés sujetando la vara de Dios, le da la victoria a los israelitas. Cuando se cansaban las brazos alzados de Moisés, Aarón y Jur le sostenieron los brazos.

Los que critican y no escuchan dicen que es mala forma que Dios acabó con los enemigos de Israel. Creen estos críticos que el panorama de una derrota militar da una mala impresión del propósito de la oración constante.

Bueno, con respeto, tengo que decir que pienso que estos críticos están ciegos a lo obvio. Lo obvio es que Dios ayuda a su pueblo escogido a sobrevivir los ataques de sus enemigos. Este pueblo tiene que sobrevivir porque es precisamente este pueblo escogido que nos dará la salvación para el mundo entero por medio de Cristo, hijo de David y de Israel. No comparto las ansiedades de los críticos. 

(Además tenemos que notar, especialmente en estos tiempos tumultuosos, que otros pueblos--que no son de Israel--no pueden pretender que Dios les da permiso para conquistar a otras naciones. Hubo solamente un pueblo escogido por Dios. Ese pueblo fue Israel y no fue ningún otro grupo étnico del Medio Oriente, y, hasta en el caso auténtico y bíblico de Israel, el permiso divino de conquistar fue limitado a los fines de la Tierra Prometida y no se extendió al mundo entero.)

En el Evangelio, Jesús también enseña la necesidad de la oración incansable para obtener la ayuda de Dios. Si el juez malo pudo por fin llegar al punto de ayudar a la viuda persistente, más cierto es que un Dios bueno nos va ayudar.
También nos acordamos que necesitamos la ayuda de nuestros hermanos y hermanas para persistir en la oración, como Moisés necesitó la ayuda de los hombres que le sostenieron sus brazos en la batalla. La oración también es batalla.

En la segunda carta a Timoteo, Pablo le habla a Timoteo: «anuncies la palabra; insiste a tiempo y a destiempo; convence, reprende y exhorta con toda paciencia y sabiduría». Como la historia de Moisés y como la parábola de Jesús, Pablo nos exhorta a persistir en nuestra misión. Y Dios nos dará la victoria por medio de Jesús, el Nuevo Josué, como se la dió al Josué original que acabó con los malos.

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