26.9.10

Vigésimo Sexto Domingo del T.O.: Amós 6:1, 4-7; 1 Tm 6:11-16; Lucas 16:19-31

Print by Gustave Doré illustrating the parable...Image via Wikipedia
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No salen bien los ricos en estas lecturas. Todas las tres lecturas de hoy condenan la actitud típica del rico--una actitud de arrogancia, de superioridad. Esa arrogancia presume que, como un poderoso y rico, el adinerado controla su destino. Bueno, ese control es una ilusión, una mentira.

El profeta Amós era un profeta singularmente feroz en su condenación de la vida «buena» de los ricos. Condenó la vida lujosa de los ricos en frente de la catastrofe inminente que se acercaba a Israel en forma de los invasores de Asiria.

Jesucristo en la famosa historia de Lázaro y el hombre rico también nos demuestra la falsa seguridad del rico que también tiene que morir en un momento inesperado. La ilusión de control del rico se demuestra claramente.

San Pablo también se fija en la mentira de las riquezas materiales. Para ver claramenta este punto se tiene que leer el resto del capítulo seis en cual se encuentra la selección de hoy. Pablo también denuncia la ilusión del dinero.

Lo que Pablo le aconseja a Timoteo es que se concentre en una vida de «rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre», que luche «en el noble combate de la fe», todo para conquistar la vida eterna. El soberano de nuestro destino no es el dinero y el poder que se basa en el dinero. El «único soberano, rey de los reyes y Señor de los señores» es Jesucristo «el único que posee la inmortalidad».

El dinero es algo muerto, pero Cristo vive. El listo hace su inversión principal en Cristo.