3.10.10

Vigésimo Séptimo Domingo del T.O.: Habacuc 1:2-3; 2:2-4; 2 Timoteo 1:6-8, 13-14; Lucas 17:5-10


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Estas lecturas nos hablan del misterio de nuestras vidas: esperando para la gloria prometida. El profeta Habacuc le pone la pregunta a Dios: ¿Porqué tenemos que tolerar tanto desorden? Dios le responde: «El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe».

En el Evangelio, Jesús le da énfasis al poder de la fe, hasta de una fe que nos parece pequeña como una semilla de mostaza. Y también nos pone en nuestro lugar: somos siervos y tenemos que trabajar antes de comer y beber. El siervo de Dios espera con fe el banquete final.

San Pablo le escribe a Timoteo que el Espíritu Santo «no . . . [es] un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación». Cada palabra es importante. Tenemos que tener coraje y fortaleza, no miedo. Tenemos que practicar el amor que es la compasión sin explotación ninguna del otro, sea quien sea el otro. Porque tenemos fe, podemos practicar la moderación. No estamos desesperados. Los dones del Espíritu Santo completan la enseñanza del profeta Habacuc y hacen suave y sereno nuestro trabajo por Dios.