19.9.10

Vigésimo Quinto Domingo del T.O.: Amós 8:4-7; 1 Timoteo 2:1-8; Lucas 16:1-13

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El mensaje de hoy es claro: tenemos que escojer entre el materialismo, el dinero, como dios, y el verdadero Dios. En el Evangelio, Jesús habla claramente: «no pueden ustedes servir a Dios y al dinero». Jesús completa las denuncias furiosas del profeta Amós en que Dios jura castigar a los que explotan y defraudan a los pobres.

Todo ese afán por el dinero, hasta el punto de defraudar, es una tontería. Es una ilusión. En verdad, los explotadores no son los que tienen el poder. El poder reside, como dice Pablo, en «un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre él también, que se entregó como rescate por todos».

En los documentos del Segundo Vaticano, la Iglesia repite esta enseñanza que la ley inscrita por Dios en la humanidad es la generosidad al prójimo, no la explotación o el fraude. Jesús es el ejemplo singular de esa generosidad por su entrega voluntaria a la muerte para rescatarnos. En esa entrega al otro se encuentra la verdadera riqueza y el verdadero poder guarantizado por el Creador de todo.

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