12.9.10

Vigésimo Cuarto Domingo del T.O.: Éxodo 32:7-11, 13-14; 1 Tm 1:12-17; Lucas 15:1-32

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Los sermones de hoy serán familiares: Dios es misericordioso y perdona a los pecadores. Pero en las lecturas, podemos notar algunos puntos que no se comentan frecuentemente. Decimos correctamente que el pecador tiene que primero arrepentirse. Pero nota como surge el arrepentimiento en estas lecturas. No es simplemente cosa que el pecador un día se despierta por su propia voluntad.

En Éxodo, los Israelitas se arrepentieron de su idolatría después que Moisés condenó su conducta. En la primera carta a Timoteo, san Pablo cuenta su propria conversión. Sabemos que esa conversión fue iniciada por la apariencia de Cristo mismo a Pablo cuando iba a Damasco. En el Evangelio, Jesus cuenta la famosa parábola del hijo pródigo que volvió a su padre después de haber fracasado en su vida disoluta. Vemos que la conversión y el arrepentimiento viene de acontecimientos: la condena de una figura profética, la voz del mismo Dios, o por medio del fracaso espectacular.

Cuando nos condena una persona que respetamos debemos de escuchar y no automaticamente atacar al mensajero. Debemos de orar y leer las Escrituras para poder oir la voz de Dios en nuestras vidas. En el medio del fracaso o las tragedias, debemos de analizar como cambiar nuestro modo de vida para volver a la casa del Padre y no simplemente continuar ciegamente en un estilo de vida irracional. Dios es en verdad misericordioso, y estas experiencias en cual podemos reconocer la realidad de nuestras circunstancias son parte de esa misericordia. Conocer nuestra realidad, conocernos en realidad como somos, es el primer paso para recibir la misericordia del Padre Dios. Sin ese primer paso de conocer como actualmente somos, acabamos en religión falsa que escandaliza a los que nos conocen en verdad.

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