11.7.10

Decimoquinto Domingo del T.O.: Deutoronomio 30:10-14; Colosenses 1:15-20; Lucas 10:25-37

El tema de hoy es la Ley de Dios. En el Evangelio, Jesús nos habla del buen samaritano que, en contraste con los profesionales de la religión, para y se porta como prójimo al hombre herido, como requiere la Ley. Por eso, lo mataron. Mataron a Jesús porque expuso la hipocresía de los oficiales religiosos de su tiempo.

A la misma vez, Jesús completó la revelación de la Ley de Dios que se inició en Deutoronomio por Moisés. Moisés habla que la Ley no está lejos pero «en tu boca y en tu corazón». Ahora viene Jesús, quien san Pablo llama «imagen del Dios invisible» en cual habita «toda plenitud». Jesús mismo es la encarnación de la Ley que contiene la revelación completa de Dios en toda plenitud. Ahora si es verdad que la Ley esta aquí en nuestra presencia y no en el cielo o al otro lado del mar fuera de nuestro alcance. Hasta hoy en las sinagogas se mantiene en un lugar especial, semejante al tabernáculo de nuestras iglesias católicas, los rollos de la Ley. Para nosotros, Cristo mismo en forma eucarística toma el lugar de esos rollos.


Por eso cuando practicamos la caridad al prójimo, mandada por la Ley, estamos unidos a Cristo en una manera profunda. La Ley de Dios es una persona, y esa persona es Cristo. En él vemos la imagen de Dios. No se puede decir que la Ley es una carga impersonal y ajena que nos oprime y nos quita la libertad. Al contrario, la Ley es Cristo mismo, una persona que nos ama y que nos llama a amar.

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