20.6.10

Duodécimo Domingo del T.O.: Zacarías 12:10-11;13:1; Gálatas 3:26-29; Lucas 9:18-24

El profeta Zacarías anuncia lo que comunica el Señor. Y el Señor comunica que su Pueblo hará duelo sobre el que «traspasaron con la lanza», sobre el Cristo, como un padre que llora un hijo muerto. En la Carta a los Gálatas, san Pablo completa la profecia de Zacarías cuando dice que ahora todos los pueblos son hijos de Dios por medio de su Bautismo que los incorpora en Cristo. Por medio de Cristo, el Hijo traspasado con la lanza, podemos ser también hijos de Dios y conocer a Dios como un padre intimo. Esa intimadad del Padre se significa en la manera distintiva con que Cristo llamaba al Padre: «Abba».

En el Evangelio, Cristo hace su propia profecia cuando anuncia su sufrimiento, su muerte, y su Resurrección. Cristo no murió inesperadamente. Cristo sabía lo que tenía que pasar porque era la misión que recibió del Padre. Por eso, Cristo nos llama en el Evangelio a tomar nuestra cruz y a perder nuestra vida por la causa de Cristo. La causa de Cristo es la misión del Padre. Como Cristo, encontraremos nuestra vida cuando la entregamos por esa misión. En nuestras vidas, por el Bautismo, duplicamos la forma de la vida de Cristo: obedeciendo la misión que el Padre nos da y tomando nuestra cruz personal.

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