23.5.10

Pentecostés: Hechos 2:1-11; 1 Corintios 12:3-7, 12-13; Juan 20:19-23

En los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo viene con «gran ruido» como «un viento fuerte». Aparecen «lenguas de fuego». En el libro de Génesis, el Espíritu de Dios también se presenta como un «viento de Dios que aleteaba por encima de las aguas» (Gn 1:2). En el hebreo original, se dice que se indica un viento de gran fuerza y violencia. A Moisés se le manifestó Dios «en llama de fuego, en medio de una zarza» (Éxodo 3:2). Las Escrituras comentan sobre las Escrituras. La unidad de la Biblia se manifiesta en la manifestación de Dios en Pentecostés en la misma manera que se manifestó en el Pentateuco del Antiguo Testamento. La palabra de Dios nace del Espíritu Santo y habla un solo mensaje.

Está claro que el Espíritu Santo es Dios y forma parte de la Santa Trinidad de Padre, Hijo, y Espíritu Santo porque se describe la manifestación del Espíritu con los mismos acontecimientos con cuál Dios se manifestó en el Antiguo Testamento. En Pentecostés, también se manifiesta la Iglesia, el Nuevo Pueblo de Dios, la Nueva Israel. En Pentecostés, no nace la Iglesia como se oye decir algunas veces. La Iglesia nació durante el ministerio público de Jesucristo cuando Jesús escogió los Doce y le dió su misión evangélica. En Pentecostés lo que pasó fue la manifestación universal de esa Iglesia ya fundada por Jesucristo durante su ministerio.

Y acuérdense que es casi cierto que María la madre de Jesús estaba presente en Pentecostés reunida con los apóstoles como se indica anteriormente en Hechos 1:14. Así se completa las referencias al Antiguo Testamento con María que es la Nueva Eva. Como la Eva primera era «la madre de todos los vivientes» (Gn 3:20), ahora María por medio del Espíritu Santo es madre no solamente de Jesús pero también de la humanidad nueva viviendo por el poder del Espíritu Santo. En el mismo Evangelio de san Juan que también se lee hoy, Jesús mismo ya había apuntado a María como madre de los creyentes: «Ahí tienes a tu madre» (Juan 19:26).

San Pablo en su primera carta a los corintios celebra el Espíritu como fuerza unificadora de los cristianos. Al contrario del babel y la confusión de lenguas en el Antiguo Testamento (Gn 11:1-9), ahora se manifiesta la unidad dada por el Espíritu. Esa unidad se destacaba en el don de lenguas de Pentecostés cuando los peregrinos judíos de varias partes del mundo presente en Jerusalén podían entender a los apóstoles que recibieron el Espíritu.

En el Evangelio, Jesús le da a los discípulos el don del Espíritu Santo y el poder de perdonar los pecados y de no perdonar a los pecados (Juan 20:23). Este poder se refiere en la tradición católica como «el poder de las llaves» con referencia al poder dado por Jesucristo a Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mateo 16:19). Por eso, en ciertos templos antiguos se puede ver la insignia de las llaves sobre el confesionario donde el cura da la absolución sacramental. Jesús, el Nuevo Moisés, prepara a Pedro para actuar con la autoridad de Moisés después que Jesús vuelva al Padre. Y en los Hechos de los Apóstoles se ve claramente a Pedro actuando con la autoridad del Nuevo Moisés. Con ese poder, salen los apóstoles del cuarto con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y empiezan a predicar con el poder del Espíritu Santo el evangelio a todo el mundo.

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