11.4.10

Segundo Domingo de Pascua (Domingo de la Divina Misericordia): Hechos 5:12-16; Apocalipsis 1:9-11, 12-13, 17-19; Juan 20:19-31

Hoy es el Domingo de la Divina Misericordia. El Salmo Responsorial de hoy, Salmo 117, repite varias veces esta frase: «Su misericordia es eterna». Gracias a Dios que es eterna porque nosotros no somos fieles y necesitamos tiempo y madurez para reconocer la verdad de la vida.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, tenemos un retrato de la Iglesia infantil creciendo con vigor. Traían a los enfermos y los atormentados por espíritus malignos para ser curados por la sombra de Pedro. Hoy en día el heredero de Pedro, Juan Pablo II, también ha dado y sigue dando una sombra medicinal a nuestro mundo confuso en que hay muchos enfermos de espíritu con espíritus malignos. Esos espíritus malignos son el vicio, el materialismo, la obsesión con el poder y el prestigio del mundo. El Pedro de hoy, Juan Pablo, nos anuncia la misericordia de Dios que nos cura de estas fiebres malignas.

En la visión de la Apocalipsis, san Juan ve al Cristo resucitado, el mismo Cristo visto por san Faustina en Polonia cuando se inició la devoción a la Divina Misericordia en los años treinta del siglo viente. Este Cristo ya no es víctima de los soldados salvajes que lo crucificaron. Ahora Cristo es «el primero y el último . . . el que vive . . . [el que estuvo] muerto y ahora . . . [está] vivo». Este Cristo tiene «las llaves de la muerte y del más allá». Este Cristo es el pantocrator--en griego, el que gobierna el mundo entero, el cosmos. Por eso la estructura intíma del mundo, del cosmos, es misericordiosa. La ley de la realidad es misericordia, una misercordia que surge del corazón de Cristo, de Dios mismo. Por eso ya se pasó la epoca del miedo. Estamos en la epóca de misericordia divina en que seremos curados si lo pedimos.

En el Evangelio, Jesús le da el don del Espíritu Santo a los discípulos y el poder claro de perdonar los pecados. Aquí Cristo instituye el sacramento de la reconciliación dándole a sus discípulos, los apóstoles, el poder de dar la absolución a los que sinceramente piden la misericordia de Dios. Jesús, el gobernador cósmico, gobierna el mundo por medio de los sacramentos, y especialmente dispensa su misericordia divina por medio del sacramento de la reconciliación. Ese gran sacramento de que huyen los orgullosos es un signo de la Iglesia verdadera que encarna la misericordia cósmica del Cristo resucitado.