21.3.10

Quinto Domingo de Cuaresma: Isaías 43:16-21; Filipenses 3:8-14; Juan 8:1-11

Tenemos hoy el gran episodio de la mujer sorprendida en adulterio. Para entender lo que pasa en este episodio, tenemos que considerar lo exigido por la Ley del Viejo Testamento. La comunidad tenía que apedrear un hombre y una mujer en una relación adúltera. Nota que el castigo incluye no solamente la mujer, sino también el hombre (Levítico 20:10; Deuteronomio 22:22). Además se necesitaba tener testigos actuales que serían precisamente los que tenían que tirar la primera piedra antes que el resto de la comunidad pudiera participar en el castigo (Deuteronomio 17:6-7).

Por eso, cuando Jesús les dice famosamente « Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra» y nadie tira, esto significa que los testigos actuales del adulterio eran pecadores. No pudieron tirar la primera piedra como exigía la Ley antigua. ¿Y porqué no pudieron tirar la primera piedra? No sabemos el pecado actual que les amarraba las manos a los testigos que se presentaron. Pero podemos especular que posiblemente esos mismos testigos también estaban en relaciones adúlteras con la misma mujer.

¿Porqué pienso asi? El episodio entero tenía como objeto ser una trampa para Jesús. Los enemigos de Jesús usaron hombres que fingieron «ser justos» para tratar de sorprender a Jesús en algún error fatal sobre el tributo debido al César (Lucas 20:20). Por eso no sorprendería que los escribas y fariseos trataran de usar testigos implicados en el mismo adulterio de la mujer para «ponerle una trampa [a Jesús] y poder acusarlo» (Juan 8:6). Para ponerle la trampa a Jesús tenían que buscar con rapidez una mujer en flagrante adulterio. No sería sorprendente que buscaron hombres relacionados con una mujer de ya mala reputación para obtener rapidamente los testigos exigidos por la Ley. Si esta especulación es probable, entonces vemos que los que tenían que tirar la primera piedra eran hombres que habían estado en relaciones adúlteras con la mujer acusada. La Ley mandaba que esos mismos hombres tenían que ser apedreados como la mujer.

Jesús vió que los testigos eran pecadores y no podían tomar el papel de testigos justos y sinceros exigido por la Ley. Jesús trajo justicia a un procedimiento ilegal. Pero Jesús no solamente aplicó justamente la Ley antigua pero quiso, como dice Isaías, «realizar algo nuevo» (Isaías 43:19). Jesús declaró la Ley Nueve de misericordia y perdón que reconoce que todos los humanos son pecadores. Y por eso san Pablo dice que «todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y de estar unido a él, no porque haya obtenido la justificación que proviene de la ley, sino la que procede de la fe en Cristo Jesús, con la que Dios hace justos a los que creen» (Filipenses 3:8-9). Cristo mismo nos enseña en el Evangelio que no hay justificación para nadie en la Ley antigua.