4.4.10

Domingo de Pascua: Hechos 10:34, 37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9

Nuestra pascua se completa hoy. El cordero de Dios sacrificado para nosotros vive y ahora no viene pisoteado por nuestros pecados pero viene como el «juez de vivos y muertos» (Hechos 10:42). Jesucristo es el Juez. En la sociedad moderna, tenemos la tendencia de olvidar este título pascual de Cristo que surge explicitamente de la Resurrección. No aceptamos la realidad del pecado y por eso rechazamos la necesidad de un juez. Pero-- un gran «pero»-- esa necesidad no está en nuestro poder. Jesucristo es el Juez, diga lo que diga nuestra sociedad y mentalidad moderna. Es un hecho y será consumido.


También notamos en la lectura primera que Pedro, el líder de los apóstoles, anuncia que ellos son testigos de la Resurrección por medio de comer y beber con Cristo «después de que resucitó de entre los muertos» (Hechos 10:41). Ellos, los testigos de la Resurrección, conocieron al Cristo resucitado en comida y bebida. Hoy somos nosotros también testigos de que Cristo vive actualmente: lo recibimos en el pan y la copa de la Eucaristía. Cristo no nos ha dejado huérfanos con iglesias vacías de su presencia física o corporal. Sigue con nosotros físicamente o corporalmente en la Eucaristía. Se une físicamente o corporalmente con nuestros cuerpos y por medio de esa comunión intima nos purifica de la impureza física y espiritual del pecado. Por eso hasta hoy en día él todaviá puede sanar la prostituta, y al hombre que se une a la prostituta. Hoy también lo conocemos igual como esos primeros testigos cuando lo comimos y bebimos en la Santa Misa.


San Pablo enseña que los que hemos resucitado con Cristo debemos de aspirar «a las cosas de arriba, no a las de la tierra . . . [porque nuestra] vida está oculta con Cristo en Dios» (Colosenses 3:2-3). Nuestra gloria no está en las cosas de la tierra pero en la vida nueva de Cristo. La belleza y el gozo que justamente dan las cosas de la tierra reflejan la gloria de Cristo que ahora vive en nosotros. Por eso no hay conflicto entre verdaderamente gozar las cosas de la tierra y nuestra vida oculta en Cristo. Todo lo bello y glorioso del mundo es una reflección parcial e imperfecta de la gloria y belleza total de una persona: Jesucristo mismo. Por eso la castidad y la moderación o templanza no representan la represión de nuestro gozo natural, sino el reconocimiento del gozo eterno que es natural a los que han resucitados con Cristo. En obedecer los mandamientos no nos negamos el gozo humano, sino reconocemos el gozo total y eterno por cual fue creado el ser humano. Como dijo el Padre de la Iglesia, San Ireneo de Lyons (130-200 A.D.), en latín: «Gloria Dei vivens homo»--«La gloria de Dios es el hombre plenamente vivo».


En el Evangelio de San Juan, tenemos el famoso descubrimiento de la tumba vacía. Otra vez es Pedro, el líder de los apóstoles, que entra primero en la tumba, el primer testigo apóstolico de la Resurrección igual que en la lectura de los Hechos. La descripción es detallada y sumamente auténtica. Esto no es cuento. Nos enfrentamos con la verdad histórica y asombrosa que la tumba estaba vacía. No es nada que se pudiera inventar porque hasta ese punto ninguno había entendido que «Jesús debía resucitar de entre los muertos» (Juan 20:9). Los cobardes confusos se convirtieron en hombres con el coraje de transformar el mundo.