14.2.10

Sexto Domingo del T.O.: Jeremías 17:5-8; 1 Co. 15: 12, 16-20; Lucas 6:17, 20-26

Las Bienaventuranzas en el Evangelio siempre nos perplejan porque llaman dichosos a los que son pobres, a los que tienen hambre, a los que lloran, y a los que son insultados y odiados. La lectura de Jeremías nos da una manera de entender las paradojas anunciadas por Jesús en las Bienaventuranzas. Jeremías nota que el Señor dice que maldito es el hombre «que confía en el hombre» y bendito es el hombre «que confía en el Señor». Los que a nosotros nos parecen malditos--los pobres, los hambrientes, los que lloran, los insultados--ya no pueden confiar en los hombres porque son precisamente los hombres que los han hecho malditos. Los rechazados por los hombres no tienen remedio que confiar en Dios. Y por eso los aparentemente «malditos» son en realidad los dichosos.

Son dichosos porque su confianza en Dios lleva un promesa escatológica: que los que confían en Dios serán satisfechos y glorificados por Dios. Por eso, en mi opinión, las Bienaventuranzas son una profecía de la pasión y crucifixión de Cristo. Cristo se hizo «maldito» por nosotros en su agonía antes de ser detenido por los soldados y también en los insultos y el odio que recibe de la muchedumbre, de los líderes judíos, y del los soldados romanos y que acaba en la crucifixión brutal. Pero esa maldición también acaba en la gloria de la Resurrección.

La lectura de San Pablo nos habla de esa glorificación por medio de la resurrección. Y claramente nos dice que si confiamos solamente en «las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres». En otras palabras, si confiamos solamente en las cosas de los hombres seremos los verdaderamente malditos, como nos dice Jeremías.

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