7.2.10

Quinto Domingo del T.O.: Isaías 6:1-2, 3-8; 1 Co. 15:1-11; Lucas 5:1-11

Estas lecturas hablan de nuestra misión por medio de las misiones entregadas por Dios a Isaías, a Pablo, y a Simón Pedro. Todos estos hombres primero reciben una manifestación de la gloria de Dios. Isaías ve al Señor en su trono con los serafines. Pablo menciona como el Cristo resucitado se manifestó a él aún cuando estaba persiguiendo a los cristianos. Pedro ve la gloria de Dios cuando Jesús le manda a volver a pescar después de pasar una noche entera sin tener éxito. El resultado es que «las redes se rompían». Todos ven la gloria de Dios.

Y cada uno de estos hombres reconoce su condición de pecador. Isaías dice «¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros . . . .» Pablo reconoce que él fue «como un aborto . . . . el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol». Simón Pedro respondió: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!»

Pero la gracia de Dios los purificó y les dio su misión. El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar comentó como, antes de encontrarse con Cristo, Simón no pudo descrubrir su misión particular por medio de sus propios esfuerzos como pescador. Solamente por medio de Cristo pudo Simón descrubrir que su destino eterno y verdadero era de ser Pedro y no simplemente el pescador Simón. También cada uno de nosotros se descubrirá solamenta por medio de un encuentro con Cristo quien nos da nuestra misión particular y eterna.

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