21.2.10

Primer Domingo de Cuaresma: Deuteronomio 26:4-10; Romanos 10:8-13; Lucas 4:1-13

En el Evangelio, vemos el diablo derrotado: trató de parar la misión salvadora de Jesús. Fue una tentación sutil--una tentación a usar a Dios para nuestra voluntad, en vez de entregarnos a la voluntad del Dios Padre. Jesús ganó la victoria porque en cada instante se nego a usar al Padre. La misión de Jesús era obedecer a su Padre. Nosotros también tenemos que obedecer a nuestro Dios Padre, no tratar de explotarlo, usarlo, o manipularlo. El Padre nos quiere profundamente, tiene planes para bien para cada uno de nosotros, tiene toda la sabiduría y todo conocimiento, sabe lo que nos verdaderamente conviene. Entregarse al Padre es entregarse al amor más profundo y potente del mundo. Las tentaciones del diablo se fundan en la mentira que nosotros sabemos más sobre nuestro bien que el Padre. Él que tiene experencia de la vida sabe que el Padre sabe más que nosotros.

En la lectura de Deuteronomio, Moisés le recuerda a los israelitas sobre el amor de Dios manifestado en la liberación del pueblo cuando salieron de Egipto. Para cada uno de nosotros, Dios también tiene una liberación igualmente dramática--una liberación del pecado, de la tristeza, y de la soledad. En la lectura de la carta a los romanos, San Pablo nos llama muy simplemente a la salvación: «Porque basta que cada uno declare con su boca que Jesús es el Señor y que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, para que pueda salvarse». Como también dice en esta lectura, ahora somos como los israelitas: podemos invocar a Dios para salvarnos. Podemos invocar a Dios para librarnos de la esclavitud de la desesperanza, cruzar nuestro Mar Rojo, y llegar a la Tierra Prometida.

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