25.10.09

Trigésimo Domingo del T.O.: Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52

En Jeremías, tenemos un retrato del retorno de los judíos del exilio. A cada uno de nosotros, Dios nos promete liberación de nuestro «exilio» de confusión, error, ignorancia, y hasta de maldad. Salimos de ese exilio personal por medio del Sumo Sacerdote Jesucristo, cuyo sacrificio perfecto ha ganado nuestra liberación personal y colectiva.

En el Evangelio, el ciego Bartimeo nos da la oración llamada por algunos la Oracion «Jesús», en cual se repite tranquilamente la frase tan simple pero honda del ciego: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí». Es una oración recomendada en el propio Catecismo de la Iglesia Católica, Sección 2667. Como dijo Jeremías, la salvación de Dios incluye al ciego. Y el ciego soy yo, y el ciego eres tú. Todos tenemos que orar constantemente la misma demanda del ciego: «Maestro, que pueda ver». Que pueda ver muchas cosas: que hago en mis dificultades; que hago con individuos difíciles; que hago con las consecuencias del pecado; que hago cuando viene, como siempre viene, la tentación fuerte; que hago para evangelizar; que hago para vivir la vida abundante de liberación prometida por Jesús. Jesús nos pregunta a cada uno como le preguntó al ciego Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?» ¿Nos quedamos callados, o tenemos la audacia de Bartimeo de contestar?

18.10.09

Vigésimo Noveno Domingo del T.O.: Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Marcos 10:35-45

El tema de este domingo es redención por medio del sufrimiento, por medio de las pruebas de la vida. No es una idea popular: nadie quiere sufrir. Pero la verdad tiene una forma más particular: nadie quiere sufrir por nada. Pero hoy muchos sufren, precisamente, por nada, nada que puede dar la satisfacción del gozo auténtico: el vicio de la droga o el alcohol, la promiscuidad y el libertinaje que nunca satisfechan y solo humillan a uno mismo y a otros, el fanatismo para adquirir más dinero y más poder hasta el punto de destruir nuestra salud y nuestro honor.

Pero si hay una forma de sufrimiento que da satisfacción que nunca se disminuye, que da un gozo misterioso que dura, que honra nuestra dignidad humana y de otros, que es un heroísmo auténtico por cual fuimos creados: sufrir por amor. Una madre o un padre normal sufren con abandono por sus hijos. El enamorado da todo y sacrifica todo por la mujer que posee su corazón. El amor apasionado es la lógica del sufrimiento redentor. En Isaías, vemos al siervo del Señor que sufre como expiación por otros: por sus descendientes y por muchos. Tiene que ser por amor. En la carta a los hebreos, San Pablo (en mi opinión fue Pablo quien escribió esta carta aunque muchos lo niegan) lo hace explícito: Jesús sufrió para que recibiramos la misericordia y ayuda «en el momento oportuno». En el Evangelio, Jesús le aclara a los apóstoles que tienen que pasar por la prueba del sufrimiento para compartir de su gloria y que tienen que ser los servidores y esclavos de todos. ¿No es eso precisamente la mejor descripción del amor? El que ama sirve al amado. Si no sirve al amado, no se trata de amor. Se trata de manipulación que es solamente una forma de sufrimiento por nada y por eso sin el fruto de la redención.

11.10.09

Vigésimo Octavo Domingo del T.O.: Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30

Él que sinceramente le pide a Dios la sabiduría, el conocimiento profundo de la verdad de su vida y de la vida, lo recibirá: eso es la promesa del Dios para quien todo bueno es posible. En el libro de Sabiduría, se celebra que asombroso es la experiencia de la epifanía de la Sabiduría de Dios. Él que tiene experiencia de esa sabiduría divina y verdadera sabe que nada se compara con eso porque la sabiduría divina revela lo que es la realidad de todo, incluso de nosotros. En ese momento la persona se rinde antes la Verdad y queda saciado en plena paz porque en fin ha conocido lo que siempre ha buscado como ser humano.

En la carta a los hebreos, San Pablo (conozco que muchos dicen que Pablo no escribió esta carta: no estoy de acuerdo con esa teoría) expone la palabra de Dios como la llave a la Sabiduría que se describe en la primera lectura. Y no se trata solamente de leer la palabra de Dios en la Biblia, porque la "palabra de Dios" también se oye personalmente en el alma y la conciencia, se oye en la profecía actual de estos días, se oye y se ve en las vidas de muchos cristianos. La palabra de Dios está en la Biblia y en la Iglesia y su tradición. En lo más fundamental, la palabra de Dios es el Evangelio de Jesucristo, es Jesucristo mismo.

En el Evangelio de San Marcos, Jesús advierta, en la escena famosa del hombre rico que no quiso vender sus posesiones materiales, la gran dificultad que tienen los que poseen riquezas materiales. Esas riquezas los han esclavizado y ciegado en una manera que no pueden reconocer y responder a la riqueza verdadera de la Sabiduría de cual leimos en la primera lectura. Ahí está la tentación: pensamos en escoger algo más bajo y nos olvidamos que lo que ofrece Cristo tiene un valor incomparable con cualquier posesión material, prestigio social, popularidad, o placer sensual. Dios nos da, si cooperamos, experiencia de la maravilla de su Sabiduría verdadera. Con la memoria viva de esa experiencia, entonces podemos rechazar con conocimiento las ofertas falsas de la sabiduría falsa.

4.10.09

Vígesimo Séptimo Domingo del T.O.: Génesis 2:18-24; Hebreos 2:9-11; Marcos 10:2-16

¡Qué frase tan profunda al decir que el hombre y la mujer en el matrimonio son «una sola cosa»! Así lo cuenta la lectura de Génesis y así lo cuenta Jesús invocando al primer matrimonio de Génesis en su recuperación del sentido original del matrimonio. ¿Qué es ser «una sola cosa»? Obviamente se realiza en forma concreta en la unión sexual de esposo y esposa. Pero no es algo solamente físico y carnal. Todos sabemos que la unión sexual en muchos casos hoy en día carece de cualquier sentido profundo, serio, o verdaderamente humano. En muchos casos es una forma de explotación rutinaria sin fondo emocional y sin unión personal. Esta superficialidad es algo muy común hoy en día en las relaciones fuera del matrimonio y hasta en las relaciones que se llevan a cabo en muchos matrimonios superficiales.

Ser «una sola cosa» es estar dispuesto a dar la vida por el otro. El sentido profundo del matrimonio se encuentra en el amor que se hace realidad en la cruz. Por eso, Jesús es «una sola cosa» con cada cristiano y con la Iglesia, que es el cuerpo mismo de Jesús. El hombre que verdaderamente ama a su mujer está dispuesto a morir para salvarla. Igualmente, la mujer que de veras ama a su esposo está dispuesta a morir para salvarlo. El amor auténtico no se esconde del sacrificio total, no vacila enfrente del peligro al amado.

Por eso, el matrimonio humano en su plenitud de gracia y regocijo propiamente requiere la castidad. El hombre especialmente está más dispuesto al sacrificio total para la mujer que ha sido solamente suya. Es una realidad de la humanidad. Lo mismo en modo diferente por parte de la mujer que está segura que el corazón de su esposo no ha conocido otro amor tan profundo. El matrimonio en su plenitud como fue creado por Dios llama al sacrificio total de una vida por otra vida. Por eso, la Iglesia siempre ha enseñado que la mejor preparación para el matrimonio es la castidad donde se preserva todo lo que uno es en exclusividad para el esposo y la esposa futura. El patriota auténtico no tiene lealtad a varias patrias. No está dispuesto morir por diferentes patrias. El patriota conserva su lealtad para una sola patria. Es igual en el ideal del matrimonio. Hoy en día la cultura engaña a muchos con ignorar esta realidad y necesidad para que un matrimonio tenga toda la gloria y alegría que se merece como sacramento.

En la carta a los hebreos se habla de como Cristo en su muerte y sufrimiento se unió a nuestra condición humana para que tengamos parte de su gloria. El matrimonio humano es una sombra de esa entrega total y completa por el amor que nos lleva a la gloria eterna.