27.9.09

Vigésimo Sexto Domingo del T.O.: Números 11:25-29; Santiago 5:1-6; Marcos 9:38-43, 45, 47-48

Se habla del Espíritu del Señor, del Espíritu Santo. En el Nuevo Testamento, San Pablo le ordena a los cristianos: «¡Aspirad a los carismas surperiores!» (1 Corintios 12:31a). También, manda el Apóstol: «Buscad la caridad; pero aspirad también a los dones espirituales, especialmente a la profecía» (1 Cor. 14:1). No se puede pretender que estos dones eran solamente para los tiempos antiguos de la Biblia. No se puede pretender que son dones solo para sacerdotes, los consagrados en la vida religiosa, y los santos canonizados. Son dones para todo cristiano bautizado. En la lectura de Números, tenemos el don de profecía cayendo sobre los setenta ancianos en el tiempo de Moisés. Moisés se alegra que profetizan: «Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor». Pablo está de acuerdo con Moisés.

En el Evangelio, Jesús también celebra que otros fuera de su círculo hacen milagros en el nombre de Jesús. No se opone. Pero si se opone fuertemente a los que son ocasión de pecado para otros. Y le advierta a todos nosotros que debemos abandonar las ocasiones de pecado.

En la carta de Santiago, se condena ferozmente a los ricos que no son justos. Santiago los describe como «engordando como reses para el día de la matanza». El rico injusto, como cualquier injusto, lleva una vida que es ocasión de pecado para otros: primero en la injusticia propria que le impone a otros y también en el rencor que esa injusticia crea en el oprimido que a veces los lleva a responder con su propia injusticia. El injusto cree que se está beneficiando, pero esta avariciosa acumulación de beneficios ilusorios solo sirve para aumentar su condena en el juicio final.

¡Qué contraste en dos modos de vida tan diferentes! En un lado, él que aspira a profetizar y a los otros dones y carismas espirituales, y, en el otro lado, los que viven una vida injusta enfocada en la avaricia. Como humanos naturalmente aspiramos a algo. Todos nos tenemos que preguntar a que aspiramos. Nuestro fin depende de esas aspiraciones.

20.9.09

Vigésimo Quinto Domingo del T.O.: Sabiduría 2:12, 17-20; Santiago 3:16-4:3; Marcos 9:30-37

No hay remedio que decir que estas lecturas son muy apropiadas para lo que está ocurriendo hoy en el mundo: el fanatismo islámico que se está luciendo en un odio irracional hacia la crítica necesaria del Papa a la violencia de muchos (no todos) en el mundo islámico. El Papa habló la verdad: hay un problema grave en el seno del mundo islámico. Y hizo su crítica en una manera civilizada y académica como es su costumbre, una manera que no se merece la reacción primitiva que se ha visto hasta ahora (noten: escribo esto el día 17 de septiembre).

En el libro de Sabiduría, se habla como los malos quieren matar al justo porque el justo los «molesta y se opone» a lo que hacen. En el Evangelio, Cristo, el hombre más justo, anuncia que tendrá que ser entregado a las manos de los injustos. En la carta de Santiago, el apóstol apunta el origen del odio irracional de los injustos que acaban asesinando a los inocentes: la envidia y las malas pasiones «que siempre están en guerra dentro de ustedes». Ahí está el problema grave del mundo islámico: el complejo de inferioridad, la envidia, las pasiones malas. Oramos que todos nuestros hermanos en ese mundo encuentren la paz verdadera en sus almas para que siembren «la paz» y cosechen los «frutos de la justicia». Para está conversión y para la protección del Papa y de todos los cristianos en peligro, invocamos a María, la Madre de Dios y la Madre de la Paz, la Paz verdadera y auténtica que es solamente Cristo Jesús.

13.9.09

Vigésimo Cuarto Domingo del T.O.: Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35

Estas lecturas tratan del coraje del cristiano. Conocemos el miedo porque somos humanos. No es causa de vergüenza. Al contrario, cierto miedo natural es parte indispensable de nuestra inteligencia y prudencia. Pero en este mundo, no podemos vivir bajo la autoridad del miedo. Conocemos la autoridad de un solo Señor, Jesús, no el miedo. El profeta Isaías con gran elocuencia habla de su confianza en la protección del Señor y hasta se atreve a decirles a sus enemigos que se enfrenten con él porque Isaías ya ha dejado el miedo atrás. Está dispuesto a enfrentar a todos y a todas sus acusaciones.

El apóstol Santiago escribe que la fe verdadera se demuestra en obras. Muchas veces no hacemos las obras que debemos no por falta de querer lo bueno pero porque tenemos miedo. Tenemos miedo de acusaciónes, calumnias, complicaciones, y de hacer enemigos de nuevo. Bueno, como dijo S. Josemaría Escrivá, tenemos que complicarnos la vida por Cristo. La fe tiene que acabar en obras y por eso tenemos que inevitablemente abandonar el miedo.

En el Evangelio, tenemos el modelo: Jesucristo. Cuando anunció a los discípulos que tenía que morir en Jerusalén, Pedro lo criticó. Y Jesús famosamente lo puso en su lugar. No dejo que hasta los que eran sus intimos le interrumpierán su misión. Y acabo anunciando que él que quiera salvarse la vida tiene que perder la vida por Él. Tenemos que llegar al punto de un abandono total a las manos de Dios para tener el coraje de vivir nuestro destino divino, nuestra misión. Ese coraje no puede surgir de nuestros planes o de nuestros esfuerzos y calculaciones. Ese coraje solo surge, como en el caso de Isaías y de Jesús, de un abandono y una entrega total a las manos y a la voluntad de Dios.

6.9.09

Vigésimo Tercer Domingo del T.O.: Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37

En estas lecturas tenemos que notar que hay por lo menos dos niveles de sentido: el literal y el simbólico. En Isaías y también en el Evangelio, vemos a la curación milagrosa. En Isaías, tenemos a los ciegos viendo, los sordos oyendo, los cojos saltando, y los mudos cantando. En el Evangelio, Jesús cura al hombre sordo y tartamudo. Acaba el hombre hablando sin dificultad. Pero también hay la curación milgarosa de las almas en Isaías: al tímido se le da animo. Se quita el miedo: esta es la curación más fundamental que todos necesitamos sin distinción de salud física. Estos son los sentidos literales: Dios verdaderamente cura a los enfermos en cuerpo y en alma. Tenemos que hoy rogarle a Dios con persistencia para la curación de las enfermedades e incapacidades físicas y psycológicas con una fe audaz pero siempre invocando que se cumple la voluntad de Dios como hizo Jesús mismo en las horas antes de su muerte. (Hasta algunos cristianos dan la recomendación que el cristiano primero le debe pedir a Dios iluminación para saber si la curación física es la voluntad de Dios en un caso particular.)

El nivel simbólico está presente cuando en Isaías se habla del agua en el desierto, torrentes en la estepa, y manantiales en el desierto.(Aunque también se puede ver hasta aquí un sentido literal cuando contemplamos que en la Israel de hoy hay tanto desarrollo en la agricultura en una zona tan árida.) En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo que nos da Cristo es una fuente de agua viva que surge en nuestras almas: convierte el desierto de nuestra desesperación y de nuestras ansiedades en la alegría de caminar en el Espíritu Santo que confiesa Cristo como Señor. Igualmente, Jesús nos quita nuestra condición de sordos espirituales y nos da lenguas que pueden comunicar claramente el sentido verdadero de nuestras vidas y de toda vida humana.

En la carta de Santiago, se condena el favoritismo al rico sobre el pobre, se rechaza los criterios falsos de la dignidad humana. Dios llena a los pobres, los que no tienen orgullo o prestigio humano, con sus bendiciones como dijo nuestra Madre María en el Evangelio de San Lucas. Por eso, no podemos ir contra de Dios mismo y favorecer a los ricos solo porque son ricos en dinero y prestigio social. El rico está en peligro de su vida porque sus posesiones lo amenazan con esclavitud e idolatría. El pobre no tiene remedio que tirarse a las manos de Dios y por eso es espiritualmente privilegiado comparado con el rico. Aquí hay una curación espiritual: Santiago nos quiere liberar de ser ciegos a la condición verdadera de los hombres para conocer que las riquezas materiales no definen la dignidad humana. Por eso en muchos países ricos hay tanta falta de dignidad humana y tantas cosas gravemente vergonzosas en la conducta. Esos países ricos tienen mucho que aprender de los inmigrantes pobres que les llegan a sus tierras con más sanas ideas sobre el honor personal.

Hay curaciones en todas las partes de estas lecturas y hay niveles simbólicos en algunas de las frases que leemos. Señor, abre los ojos de nuestros corazones para ver nuestras enfermedades verdaderas y no vivir en una maner que no es auténticamente ni humana y ni sana.