26.7.09

Decimoséptimo Domingo del T.O.: 2 Reyes 4:42-44; Efesios 4:1-6; Juan 6:1-15

El profeta Eliseo y Jesús hacen dos milagros de multiplicar la comida para una multitud de gente. Son verdaderos milagros: hay que creerlo para ser cristiano sincero. Si no crees en milagros, entonces no eres de verdad cristiano porque nuestra fe se funde en el milagro de la resurrección corporal de Jesucristo. También se funde nuestra fe en el testimonio verídico de las Escrituras. Estos dos acontecimientos bíblicos no son solamente cuentos simbólicos o poéticos. Son acontecimientos históricos y verdaderos.Hay que notar que Jesús hace el milagro más grande: reparte cinco panes y dos pescados entre más que cinco mil personas. Eliseo reparte veinte panes entre solo cien hombres.

Pero estos milagros, como todos los otros milagros, también tienen un sentido espiritual. El milagro no occure en un vacío: siempre proclama algo, una palabra que nos salva. Los milagros son evangelistas. De las circunstancias materiales, Jesús multiplica los bienes. Su poder puede transformar los límites materiales en formas que nosotros ni esperamos ni pensamos posible. Toda vida cristiana conoce esa intervención milagrosa. Todo cristiano puede testificar que Jesús ha tomado poco y lo ha hecho mucho. Mi testimonio personal es este mismo trabajo apóstolico que Uds. leen hoy. Empezando con mucha ignorancia y poca fe, Jesús ha hecho posible que yo tenga el coraje de evangelizar sin pena ninguna. Muchos otros cristianos pueden contar lo mismo y otras cosas más asombrosas.

En la carta a los efesios, Pablo le recuerda a sus oyentes que deben de seguir en la unidad del Espíritu Santo. Eso se consigue con los frutos del Espíritu: ser humildes, amables, comprensivos, soportándose mutuamente con amor. Son imperativos: son ordenes, no opciones. Cuando los cristianos actúan de esa manera, se multiplica la comunidad cristiana, se impulsa con fervor y evangelización. Es un milagro más impresionante que los dos milagros de repartir comida. El amor mutuo nos reanima y nos da poder para hacer, con audacia, mucho con poco.

19.7.09

Decimosexto Domingo del T.O.: Jeremías 23:1-6; Efesios 2:13-18; Marcos 6:30-34

Somos ovejas. Es una identidad que no es prestigiosa: las ovejas son fácilmente manipuladas y son débiles físicamente. Pero si somos ovejas porque somos bien débiles, bien vulnerables, y bien limitados en nuestro saber y entendimiento como seres humanos. En el Evangelio, Jesús compadece por la «numerosa multitud» que lo buscaba porque la multitud andaba «como ovejas sin pastor».

Esa es la situación sin Jesús: anadamos sin pastor. El jefe en nuestro trabajo o profesión no es el pastor verdadero. Ni un caudillo politico ni un partido político es pastor verdadero. Los representates de otras religiones no son pastores verdaderos. Hasta los ministros de las comunidades protestantes no son los pastores verdaderos. Y tenemos que admitir que ni nosotros mismos podemos ser nuestro propio pastor. El único pastor es Jesús y los representantes instituidos por ese único pastor. Esos representantes son los obispos en comunión con el Obispo de Roma, el sucesor de Pedro.

Jeremías proclama la promesa que se cumple en Jesús y en los representantes apóstolicos de Jesús: la promesa de un nuevo reino que empezó durante la predicación de Jesús y que se cumplirá totalmente cuando venga Jesús por segunda vez. San Pablo muestra que la profecía de Jeremías se ha cumplido en una manera sorprendente porque Jesús une a sus ovejas judías con sus ovejas gentiles. No es cosa de reunir solamente a los judíos que estaban en exilio fuera de Israel. Es cosa de reunir a la humanidad entera. Siempre seremos ovejas. Nuestra alegría es tener al Buen Pastor que da todo por y a sus ovejas, ovejas que se encuentran en todas las naciones y todas las razas.

12.7.09

Decimoquinto Domingo del T.O.: Amós 7:12-15; Efesios 1:3-14; Marcos 6:7-13

¿Cuál es el plan de Dios para ti? Esa pregunta era común en el pasado y todavía es en algunos rincones de la sociedad moderna. Pero para la mayoría, en realidad, los planes de Dios no vienen a mano. Para la mayoría, ni se cree que Dios, si existe, tiene un plan para ti o para mi. Si creen en Dios, creen en un Dios impersonal y ajeno que no tiene interés en ti o en mi: el Dios teórico de la ciencia. Pero las Escrituras de este domingo hablan de un Dios enfáticamente preocupado por cada uno de nosotros--un Dios que tiene un plan para cada uno de nosotros.

Al inconveniente profeta Amós, lo quieren sacar del reino norteño de Israel porque habla contra los planes del rey de Israel. Pero Amós no tiene intención de irse porque fue llamado por Dios para ir y profetizar al pueblo de Israel. No es cosa de los planes personales o las preferencias personales de Amós. Se trata de que Dios lo mandó a Israel y no a otro lugar.

En la carta a los efesios, Pablo escribe que Dios «nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo». Antes del mundo, ya eramos un pensamiento en la mente de Dios. Ya teníamos un papel para hacer, ya eramos un proyecto de Dios. La ciencia habla mucho del origén del mundo. Hasta algunos científicos creen en Dios porque no hay otra manera de explicar la complejidad del mundo actual. Pero, el cristiano va más alla que hasta ese científico: el cristiano cree que el mundo fue hecho precisamente para el desarollo abundante de cada ser humano en acuerdo con la mente de Dios. Lo humano tiene precedencia sobre el resto de la creación material. Especialmente escandaloso para el mundo moderno es la creencia cristiana que esa precedencia humana se aplica especificadamente a cada ser humano sin excepción. No se puede eliminar a la vida inocente de nadie, sea el niño en el vientre de la madre o el enfermo, el incapacitado, o el anciano que los ven como cargas económicas.

En el Evangelio, Jesús le da la misión a los Doce Apóstoles de ir, dos en dos, a predicar, a expulsar demonios, y a curar a los enfermos. Ellos cumplieron el proyecto de Jesús. Ellos mismos nunca hubieran iniciado tal proyecto. Además, Jesús les manda que no lleven nada para el camino, precisamente para que aprendan a confiar en Dios para todas sus necesidades. Y también se tiene que notar que Jesús «les dio poder sobre los espíritus inmundos». Así nosotros tenemos que vivir: buscando el proyecto de Jesús y no inventando el nuestro, confiando en Dios para lo que se necesita para cumplir la misión, y recibiendo el poder de Jesús para ganar contra los demonios que llenan el mundo. Sí, Dios tiene un proyecto para cada ser humano y también le da el poder y las instrucciones específicas para cumplirlo.

5.7.09

Decimocuarto Domingo del T.O.: Ezequiel 2:2-5; 2 Corintios 12:7-10; Marcos 6:1-6

Un tema clave de estas lecturas es la soberbia. En Ezequiel, Dios mismo llama a los israelitas una «raza rebelde» con hijos «testarudos y obstinados». A veces pienso que Dios escogió a los israelitas especialmente para demonstrar para nosotros hoy que rebeldes, testarudos, obstinados, y soberbios todos somos como humanos. Todavía hoy siguen los pueblos del medio oriente en luchas y conflictos intractables. Todavía siguen estos pueblos rebeldes y llenos de conflictos insaciables.

San Pablo les escribe a los corintios que es precisamente en la debilidad que se manifiesta el poder de Cristo. En la debilidad, se acaba el orgullo y la soberbia. En nuestra propia experiencia de la vida, seguramente hemos conocido individuos que necesitan la humillación de las circunstancias para adquirir un poco de humildad razonable y madura. Y también hemos visto que cuando las cosas se arreglan los mismos individuos en muchos casos vuelven a su soberbia irracional hasta la próxima temporada de necesidad. Para algunas personalidades, la debilidad tiene que acompañarlos constantemente para que eviten caer otra vez en la soberbia inmadura. Por eso, no es hacer un favor tratar de complacer a los soberbios e inmaduros.

En el Evangelio, vemos la soberbia del pueblo mismo de Jesús cuando Jesús vuelve a enseñar en la sinagoga de su pueblo de crianza, Nazaret. Inmediatamente los nazarenos atacan a Jesús, murmurando contra su audacia de enseñarles la verdad. Ellos no están dispuestos a reconocer que necesitan la enseñanza del hombre que se crió entre ellos como hijo del carpintero José. Su soberbia no quiere aceptar Jesús como maestro y profeta porque entienden ese gesto como una humillación propria. Entienden falsamente que escuchar a Jesús es rebajarse por nada que vale. La realidad es que escuchar a Jesús es rebajarse para recibir poder y gloria. En vez de ganar con Jesús, prefieren perder con su orgullo falso e irracional. Asi somos todos si no reconocemos que todo lo bueno que tenemos y podemos tener se debe solamente a Dios y no a nosotros mismos.