25.1.09

3er Domingo del T.O.: Jonás 3:1-5, 10; 1 Corintios 7:29-31; Marcos 1:14-20

Cuando Jonás fue a Nínive predicando la destrucción de la ciudad en cuarenta días, la ciudad entera se arrepentió. Las Escrituras dicen que era una ciudad enorme, pero de todos modos se dice que toda la ciudad se convertió de su mala vida. Y hoy se predica tanto en todas las ciudades pero nada semejante pasa. ¿Por qué?

San Pablo da énfasis que la vida es corta y que el mundo es pasajero. Por eso no debemos vivir como si tuvieramos tiempo sin límite. Puede ser que aquí tenemos algo para empezar a responder a nuestra pregunta: ¿por qué no responden las ciudades de hoy como respondió Nínive? Posiblemente porque no piensan que su vida es corta. Es una gran ilusión. Hasta los que llegan a ser muy viejos reconocen que los años pasan con una rapidez asombrante. Y muchos ni llegan a ser tan viejos. Pero en las sociedades occidentales y ricas, si hay muchos que en grandes números si llegan a ser ancianos. Muchos esperan y ahorran para una vida larga. En el tiempo de Nínive, seguramenta la longevidad era mucho más corta. No había tanta ilusión que tenemos tanto tiempo para vivir.

En el Evangelio, Jesús llama a sus apóstoles a ser pescadores de hombres. Es interesante: fue un pez grande quien se trago a Jonás como si el fuera un pez más pequeño, y ahora Jesús compara a los hombres a pescados que sus apóstoles van a pescar. Hay un pescador que no trae la muerte sino la vida verdadera. Ese pescador es Cristo actuando por medio de sus apóstoles. Estos pescadores nos sacan del mar de esta vida a otro «mar» en cual si podemos florecer eternamente. Ese mar nuevo y saludable es nuestro bautismo en Cristo y en el Espíritu Santo.

18.1.09

Segundo Domingo del T.O.: Samuel 3:3-10, 19: 1 Corintios 6:13-15, 17-20; Juan 1:35-42

Dios le habla a los hombres. Tenemos el testimonio del Antiguo Testamento. Dios le habló al joven Samuel en su propia habitación. Hay varias cosas que podemos notar sobre la llamada a Samuel. Primero, Dios lo llamó en privado, en la habitación, aparentemente privada, del joven Samuel. Segundo, fue precisamente una llamada a un joven. Dios no descrimina contra los jovenes. Tercero, la lectura nota que «[a]ún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelado». Pero el sacerdote Elí se dio cuenta de lo que estaba pasando: sabía que era el Señor. Entonces Samuel pudo responderle al Señor: «Habla . . . tu siervo te escucha». Desde ese momento, el Señor estuvo con Samuel.

, hay aquí varios puntos hasta para nosotros hoy en día. Como cristianos, participamos en Cristo quien es sacerdote, rey, y profeta en perfección total. Por tal modo, tenemos como cristianos bautizados (y por eso participantes) en Cristo una vocación profética. En la época de Samuel, se esperaba que Dios se revelaba a los hombres. ¿Esperamos nosotros lo mismo hoy? No somos huérfanos. Somos herederos de todo lo que tenía la vieja Israel. Tenemos que abrirnos para oir la voz de Dios otra vez precisamente para cumplir nuestra vocación profética que surge de nuestro bautismo sacramental. Como en el caso de Samuel, Dios se revela a cada uno en los momentos secretos de nuestras vidas. Como en el caso de Samuel, Dios llama a quien Él quiera: sea joven o viejo. Como en el caso de Samuel, Dios espera nuestra respuesta, nuestra decisión a escucharlo. Dios no se impone. Dios espera el ejercicio de nuestra libertad.

Lo que hizo Samuel, hicieron los apóstoles. En el Evangelio, San Juan el Bautista apunta en privado que Jesús es el Mesías a dos de sus discípulos. En ese tiempo todavía eran estos hombres jovenes. Y noten que Jesús los invitó después que vio que estaban preparados a seguirlo. Tenemos una situación semejante a la de Samuel, pero con una gran diferencia: ahora Dios mismo camina cara a cara con sus discípulos. Ya no es solamenta una voz misteriosa. Es Dios en carne.

Y ese Dios en carne ha consagrado a nuestros cuerpos. La resurrección de Cristo señala el destino de nuestros cuerpos: transformación y perfección, no abandono y corrupción. Por eso San Pabla escribe que tenemos que glorificar a Dios con el cuerpo. Por eso la fornicación es un sacrilegio. Es noticia dura en estos tiempos. Hoy especialmente en norteamérica y en la europa occidental la virginidad femenil antes del matrimonio no se celebra, no se anticipa, y no se espera entre la gran mayoría de la población (es una situación diferente en otras zonas culturales del mundo). Y mucho más átras en el pasado, ya en muchas sociedades, incluso las hispanas, no se tomaba en serio entre muchos la preservación de la virginidad masculina antes del matrimonio. Pero sabemos la verdad: Dios se hizo carne, la carne es para glorificar a Dios. La carne no es para el egoísmo de la fornicación. Es un mensaje duro para muchos. Pero es un mensaje profundamente profético y revolucionario revelado poderosamente por medio de la Encarnación que acabamos de celebrar.

11.1.09

El Bautismo del Señor: Isaías 42:1-4, 6-7; Hechos 10:34-38; Mateo 3:13-17

En Isaías, se habla del siervo del Señor en el cual se ha puesto el espíritu de Dios para proclamar la enseñanza del Señor hasta «las islas». Los judíos veían a su nación entera, todo Israel, como ese siervo de Dios; algunos también entendían una referencia al Mesías esperado. Pero nosotros reconocemos con certeza que ese siervo es el Mesías, en particular Jesús. San Pedro en los Hechos de los Apóstoles testifica que «Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret» quien se dirige a todas las naciones como «Señor de todos». Como nos dice el cardenal Ratzinger, ahora nuestro Papa, nosotros los cristianos siempre leemos el Viejo Testamento con Cristo en mente: esa es nuestra regla segura de interpretación bíblica. El siervo es Jesús.

En Mateo, vemos el bautismo de Jesús cuando fue ungido por el Espíritu Santo. El ungido es el Mesías: en griego, literalmente, el ungido es el «Cristo». Por eso se refiere al libro del profeta Isaías como el «quinto Evangelio» porque tenemos una anticipación tan clara de los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento. Es una línea directa. Como se nota en el Catecismo de la Iglesia Católica, citando las palabras de san Agustín: «el Nuevo Testamento queda escondido en el Viejo y el Viejo Testamento se descubre en el Nuevo» (sección 129 del Catecismo). Eso es la maravilla de nuestra Biblia.

4.1.09

La Epifanía del Señor: Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3, 5-6; Mateo 2:1-12

La Epifanía o «manifestación» del Señor es el cumplimiento de la profecía de Isaías que todos los pueblos caminarán a la luz de Jerusalén. En el Catecismo de la Iglesia Católica, se habla de la Iglesia como la Nueva Jerusalén (n. 756). Esta Iglesia universal atrae todos los pueblos de todas las idiomas, razas, y culturas. Pero la profecía de Isaías no se ha acabado. Al fin de la historia, el mundo completo estará bajo el reino de Dios. Es una profecía que se ha cumplido pero se sigue cumpliendo.

San Pablo en su carta a los efesios reconoce su papel clave en la explosión del cristianismo en el mundo. Él reconoce el impacto revolucionario de su apostolado a los paganos. La Iglesia nunca puede perder ese ardor evangélico hacia todos los pueblos de cualquier religión o cultura. El Evangelio no reconoce persona o religión que queda afuera de la llamada a la conversión cristiana. Se tiene que combatir la mentira que el catolicismo es algo solamente para los que se han criado como católicos. No, el cristianismo es para toda persona aunque sea de origen judío o musulmán o pagano o lo que sea. El Evangelio no reconoce barreras culturales y costumbristas.

En el Evangelio de San Mateo, vienen los magos del Oriente buscando a Cristo. No eran de la religión de Cristo. No eran judíos. Los primeros cristianos judíos tuvieron que llegar a entender que el Mesías era para todos. Hoy también los cristianos tienen que entender que Cristo no es solamente para los que ya son cristianos. Cristo llama a la conversión a todos en todas las religones del mundo, incluso a los millones tras millones en el Oriente. Ese es el impulso revolucionario y esencial de la Iglesia. Eso es apostolado.