6.12.09

Segunda Semana de Adviento: Baruc 5:1-9; Filipenses 1:4-6, 8-11; Lucas 3:1-6

La primera lectura es del profeta Baruc, otro libro bíblico despojado de la Biblia por el protestantismo aunque los padres de la Iglesia, como Atenagoras, San Ireneo, y Clemente de Alexandria lo consideraban como libro inspirado por Dios (vea Antonio Fuentes, Que Dice La Biblia [Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, 1983], sobre Baruc). Otras fuentes académicas indican que Baruc representa la situación de los judíos en la diáspora en el siglo antes de la venida de Cristo. De todo modo, Baruc nos indica la esperanza mesiánica que anticipa el Nuevo Testamento. Por cuenta mía, se encuentra la palabra «gloria» cinco veces en la lectura de Baruc. ¿Qué es la gloria? Un diccionario propone el sentido de lo que «ennoblece o ilustra». Baruc habla de la gloria que es nuestro destino prometido por Dios. En esta gloria, nuestra humanidad estará elevada e ilustrada en toda nobilidad por la gracia de Dios. La ansia por el Mesías surge por nuestra hambre para satisfacer nuestra humanidad en la nobleza completa. En el Evangelio, San Juan Bautista predica sobre «las predicciones del profeta Isaías» que todo será reparado, recto, rellenado, y derecho cuando llegará la salvación de Dios. Todos los defectos de nuestra presente humanidad seran reparados. Y esto será la salvación de Dios. San Pablo también nos habla de la gloria, de nuestro destino de dar gloria a Dios. Pablo nos dice que si siguen creciendo nuestro amor, conocimiento, y sensibilidad espiritual llegaremos «limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo . . . para gloria y alabanza de Dios». La gloria nuestra será la gloria de Dios. Por esta razón, el padre de la Iglesia, San Ireneo (130-200 A. de C.) es famoso por su refrán que la gloria de Dios es el hombre viviente o plenamente vivo (Gloria Dei vivens homo)-- uno de los mismos padres de la Iglesia que testifica por la inclusión del profeta Baruc en el canon bíblico.

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