8.11.09

Trigésimo Segundo Domingo del T.O.: 1 Reyes 17:10-16; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-44

«Ha echado todo lo que tenía para vivir». Así dijo Jesús sobre la viuda que «echó dos moneditas de muy poco valor» en las alcancías del templo. En la lectura del Viejo Testamento, tenemos otra viuda que le da todo lo que tiene de comer al profeta Elías. Dos profetas, y dos viudas que lo dan todo con abandono y confianza en Dios. ¿Somos capaces nosotros de darlo todo aunque parezca cosa imposible y estemos llenos de miedo? Estamos en mejor situación que esas dos viudas porque somos testigos por medio del Evangelio que Jesús ya «se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos» (la segunda lectura que proviene de la carta a los hebreos). ¡Dios mismo murió por nosotros! ¡Dios mismo lo dio todo por cada uno de nosotros! No es cosa solamente de palabras y sentimientos bonitos. Es cosa del sacrificio de la vida del Hijo de Dios, un sacrificio acompañado por agonía, tortura, y humillación. Si Dios mismo lo dio todo por nosotros, ya no debemos tener miedo de darlo todo por Dios y su Hijo. Como dicen las Escrituras en otra parte (Romanos 8:32; énfasis añadido): «Él que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?» Estamos en mejor situación que las dos viudas porque conocemos lo que Dios hizo por cada uno de nosotros en el Calvario. Sabemos que darlo todo por Dios no es gasto o locura.

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