18.10.09

Vigésimo Noveno Domingo del T.O.: Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Marcos 10:35-45

El tema de este domingo es redención por medio del sufrimiento, por medio de las pruebas de la vida. No es una idea popular: nadie quiere sufrir. Pero la verdad tiene una forma más particular: nadie quiere sufrir por nada. Pero hoy muchos sufren, precisamente, por nada, nada que puede dar la satisfacción del gozo auténtico: el vicio de la droga o el alcohol, la promiscuidad y el libertinaje que nunca satisfechan y solo humillan a uno mismo y a otros, el fanatismo para adquirir más dinero y más poder hasta el punto de destruir nuestra salud y nuestro honor.

Pero si hay una forma de sufrimiento que da satisfacción que nunca se disminuye, que da un gozo misterioso que dura, que honra nuestra dignidad humana y de otros, que es un heroísmo auténtico por cual fuimos creados: sufrir por amor. Una madre o un padre normal sufren con abandono por sus hijos. El enamorado da todo y sacrifica todo por la mujer que posee su corazón. El amor apasionado es la lógica del sufrimiento redentor. En Isaías, vemos al siervo del Señor que sufre como expiación por otros: por sus descendientes y por muchos. Tiene que ser por amor. En la carta a los hebreos, San Pablo (en mi opinión fue Pablo quien escribió esta carta aunque muchos lo niegan) lo hace explícito: Jesús sufrió para que recibiramos la misericordia y ayuda «en el momento oportuno». En el Evangelio, Jesús le aclara a los apóstoles que tienen que pasar por la prueba del sufrimiento para compartir de su gloria y que tienen que ser los servidores y esclavos de todos. ¿No es eso precisamente la mejor descripción del amor? El que ama sirve al amado. Si no sirve al amado, no se trata de amor. Se trata de manipulación que es solamente una forma de sufrimiento por nada y por eso sin el fruto de la redención.