4.10.09

Vígesimo Séptimo Domingo del T.O.: Génesis 2:18-24; Hebreos 2:9-11; Marcos 10:2-16

¡Qué frase tan profunda al decir que el hombre y la mujer en el matrimonio son «una sola cosa»! Así lo cuenta la lectura de Génesis y así lo cuenta Jesús invocando al primer matrimonio de Génesis en su recuperación del sentido original del matrimonio. ¿Qué es ser «una sola cosa»? Obviamente se realiza en forma concreta en la unión sexual de esposo y esposa. Pero no es algo solamente físico y carnal. Todos sabemos que la unión sexual en muchos casos hoy en día carece de cualquier sentido profundo, serio, o verdaderamente humano. En muchos casos es una forma de explotación rutinaria sin fondo emocional y sin unión personal. Esta superficialidad es algo muy común hoy en día en las relaciones fuera del matrimonio y hasta en las relaciones que se llevan a cabo en muchos matrimonios superficiales.

Ser «una sola cosa» es estar dispuesto a dar la vida por el otro. El sentido profundo del matrimonio se encuentra en el amor que se hace realidad en la cruz. Por eso, Jesús es «una sola cosa» con cada cristiano y con la Iglesia, que es el cuerpo mismo de Jesús. El hombre que verdaderamente ama a su mujer está dispuesto a morir para salvarla. Igualmente, la mujer que de veras ama a su esposo está dispuesta a morir para salvarlo. El amor auténtico no se esconde del sacrificio total, no vacila enfrente del peligro al amado.

Por eso, el matrimonio humano en su plenitud de gracia y regocijo propiamente requiere la castidad. El hombre especialmente está más dispuesto al sacrificio total para la mujer que ha sido solamente suya. Es una realidad de la humanidad. Lo mismo en modo diferente por parte de la mujer que está segura que el corazón de su esposo no ha conocido otro amor tan profundo. El matrimonio en su plenitud como fue creado por Dios llama al sacrificio total de una vida por otra vida. Por eso, la Iglesia siempre ha enseñado que la mejor preparación para el matrimonio es la castidad donde se preserva todo lo que uno es en exclusividad para el esposo y la esposa futura. El patriota auténtico no tiene lealtad a varias patrias. No está dispuesto morir por diferentes patrias. El patriota conserva su lealtad para una sola patria. Es igual en el ideal del matrimonio. Hoy en día la cultura engaña a muchos con ignorar esta realidad y necesidad para que un matrimonio tenga toda la gloria y alegría que se merece como sacramento.

En la carta a los hebreos se habla de como Cristo en su muerte y sufrimiento se unió a nuestra condición humana para que tengamos parte de su gloria. El matrimonio humano es una sombra de esa entrega total y completa por el amor que nos lleva a la gloria eterna.