13.9.09

Vigésimo Cuarto Domingo del T.O.: Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35

Estas lecturas tratan del coraje del cristiano. Conocemos el miedo porque somos humanos. No es causa de vergüenza. Al contrario, cierto miedo natural es parte indispensable de nuestra inteligencia y prudencia. Pero en este mundo, no podemos vivir bajo la autoridad del miedo. Conocemos la autoridad de un solo Señor, Jesús, no el miedo. El profeta Isaías con gran elocuencia habla de su confianza en la protección del Señor y hasta se atreve a decirles a sus enemigos que se enfrenten con él porque Isaías ya ha dejado el miedo atrás. Está dispuesto a enfrentar a todos y a todas sus acusaciones.

El apóstol Santiago escribe que la fe verdadera se demuestra en obras. Muchas veces no hacemos las obras que debemos no por falta de querer lo bueno pero porque tenemos miedo. Tenemos miedo de acusaciónes, calumnias, complicaciones, y de hacer enemigos de nuevo. Bueno, como dijo S. Josemaría Escrivá, tenemos que complicarnos la vida por Cristo. La fe tiene que acabar en obras y por eso tenemos que inevitablemente abandonar el miedo.

En el Evangelio, tenemos el modelo: Jesucristo. Cuando anunció a los discípulos que tenía que morir en Jerusalén, Pedro lo criticó. Y Jesús famosamente lo puso en su lugar. No dejo que hasta los que eran sus intimos le interrumpierán su misión. Y acabo anunciando que él que quiera salvarse la vida tiene que perder la vida por Él. Tenemos que llegar al punto de un abandono total a las manos de Dios para tener el coraje de vivir nuestro destino divino, nuestra misión. Ese coraje no puede surgir de nuestros planes o de nuestros esfuerzos y calculaciones. Ese coraje solo surge, como en el caso de Isaías y de Jesús, de un abandono y una entrega total a las manos y a la voluntad de Dios.