30.8.09

Vigésimo Segundo Domingo del T.O.: Deuteronomio 4:1-2, 6-8; Santiago 1:17-18, 21-22, 27; Marcos 7:1-8, 14-15, 21-23

En el Evangelio, Jesús le habla duro a los fariseos que son hipócritas (no todos los fariseos eran de ese tipo; muchos eran sinceros como el fariseo que acabó por convertirse en San Pablo). Los fariseos hipócritas siempre estaban buscando algo que criticar: eran apóstoles del sospecho. Por envidia, buscaban en cada detalle que observaban alguna manera de humillar y destruir a Jesús. Ellos convirtieron la religión dada a Moisés, una religión de mandatos y preceptos justos como se dice en la lectura de Deuteronomio, a una religión de peligros legales. Esa religión de apariencia puso toda la atención en lo de afuera y ignoró el corazón de la persona. Por eso, acabó en hipocresía. Jesús vuelve a la revelación original dada a Moisés: una revelación de sabiduría, prudencia, y justicia verdadera, una religión del corazón.

Por eso, el apóstol Santiago le advierte a los cristianos que practiquen el Evangelio por medio de los trabajos de la caridad práctica. En los hechos se ve el corazón. Por eso, él de buen corazón actua concretamente en caridad. Él que no da fruto de caridad no la tiene. Y él que no tiene la caridad no tiene a Cristo. Tenemos que siempre estar alertos para no acabar trágicamente como nuevos fariseos cristianos: siempre criticando a los otros, siempre sospechando a todos, siempre investigando por envidia las vidas de otros, siempre pescando por el escándalo. La mejor manera de evitar la tragedia de repetir el fracaso de los fariseos hipócritas es en mostrar generosamente en hechos concretos la caridad a los que encontramos por el camino de la vida sin hacer muchas preguntas e investigaciones. Y parte de esa caridad generosa no es solo dar dinero o comida al pobre. Parte importante de esa caridad, como enseño San Josemaría Escrivá, es no sospechar sin necesidad, no criticar por gusto y envidia, no hacerle la vida más difícil a los que necesitan nuestra ayuda y oraciones. Esa cardidad activa nos transforma en otros Cristos y no en copias repugnantes de los fariseos hipócritas.