23.8.09

Vigésimo Primero Domingo del T.O.: Josué 24:1-2, 15-17, 18; Efesios 5:21-32; Juan 6:60-69

Veo estas lecturas como una llamada a escoger radicalmente. Josué le pone las opciones claramente a los israelitas: ¿Quieren servir a los dioses de sus padres o a los dioses del país donde habitan o al Señor? En palabras memorables, Josué habla por su familia propia y dice, «En cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor.» Si nuestros antepasados no eran cristianos, tenemos que decidir si nos vamos a quedar con su religión no cristiana. En muchos casos entre cristianos, se trata de escoger entre imitar el cristianismo superficial de nuestros padres o de entrar más profundamente en la llamada de Cristo. En otros casos, se trata de inmigrantes que tienen que decidir si van a seguir siendo católicos o se van a submitir a una denominación norteamericana en el nuevo país que habitan. Las opciones son varias dependiendo de nuestras circunstancias particulares. Pero en todas las circunstancias, tenemos que escoger.

En efesios, San Pablo nos transmite la enseñanza sobre el matrimonio y cita a las palabras del libro de Génesis: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola cosa». Pablo asemeja el matrimonio con nuestra unión con Cristo. Por eso, unirse a Cristo requiere abandonar el pasado y romper con el pasado para entrar en una familia nueva y más importante que nuestras asociaciones del pasado. Unirse a Cristo requiere escoger entre Cristo y los compromisos en que nos encontramos. No es cosa de abandonar los lazos de nuestras familias de crianza (aunque en algunos casos excepcionales de maldad hasta eso puede ser necesario y prudente en ciertas circunstancias trágicas). Pero si es cosa de poner la relación con Cristo primera igual como un esposo o esposa le da prioridad a sus obligaciones en su nuevo matrimonio sobre las obligaciones a su familia de crianza.

En el Evangelio, Jesús, como Josué, enfrenta a los judíos con la opción de seguir al Señor o quedarse en las tradiciones de sus padres. Josué prefigura a Jesús: hasta sus nombres tienen el mismo sentido porque los dos nombres significan la frase «Dios salva». El nombre «Jesús» es la forma griega del nombre «Josué». Jesús le presenta a los judíos la opción de reconocer que su carne es verdadera comida y que su sangre es verdadera bebida o de rechazar tal creencia. Todavía hoy Jesús nos pregunta si vamos a reconocer su cuerpo y sangre en la Eucaristía . Los protestantes tienen que decidir si van a dejar sus tradiciones para aceptar esta enseñanza de Jesús. Los católicos tienen que decidir si van a seguir siendo católicos que aceptan esta enseñanza escandalosa de Jesús. Él que no es cristiano también no puede ignorar lo que enseña Jesús. Para aceptar la doctrina eucarística de Jesús tenemos que abandonar un pasado protestante o no creyente. Tenemos que abandonar el esceptisimo racionalístico.

En todas las lecturas de hoy Dios nos presenta la necesidad de escoger entre los compromisos del pasado y presente, y el futuro nuevo que Dios propone. ¿En tus propias circunstancias qué es lo que Dios te está proponiendo abandonar para entregarte completamente a Jesús?