16.8.09

Vigésimo Domingo del T.O.: Proverbios 9:1-6; Efesios 5:15-20; Juan 6:51-58

Es un domingo de lecturas eucarísticas. El católico puede entender profundamente las palabras de hoy. La ironía es que los protestantes que tanto hablan de la Biblia solamente le pueden dar un sentido superficial a estas lecturas bíblicas. El católico afirma que el pan y el vino se convierten en la carne y la sangre de Cristo. Lo tenemos muy claro y literalmente en la lectura del Evangelio de San Juan: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». No se puede decir más claro que eso. No se puede negar que estas palabras se refieren a la Santa Cena cuando Jesús anticipó su sacrificio en la cruz declarando que este pan es su cuerpo y que la copa es la copa de su sangre (vea Mateo 26:26-29; Marcos 14:22-25; Lucas 22:19-20; 1 Corintios 11:23-25). Si tomamos en serio las palabras mismísimas de Jesús, vemos que el pan es su cuerpo y que la copa es la sangre. El testimonio del Nuevo Testamento está claro y seguro. Y así la Iglesia primitiva lo entendía. Tomar el sentido de todas estas palabras como algo solamente simbólico es no tomar las Escrituras en serio y andar en juegos que no son serios.

En la lectura de los Proverbios, vemos que la Sabiduría pone la mesa con pan y vino. Con la venida de Cristo, podemos entender este pasaje: Jesús es la Sabiduría que nos da pan de comer y vino de beber. ¡Y qué pan y qué vino! Un pan y un vino que quita la ignorancia, da la plenitud de la vida, y nos avanza «por el camino de la prudencia». Eso no lo hace un pan normal o un vino normal: lo puede hacer solamente un pan y un vino sobrenatural que nos da una participación intima con la Sabiduría. ¡Al contrario el vino normal en muchos casos abusivos quita la sabiduría, la vida, y la prudencia!

La lectura escrita por Pablo nos enseña más sobre la Eucaristía. Pablo nos manda a llenarnos del Espíritu Santo, no del vino que solo emborracha. En la mentalidad bíblica, el vino es la alegría que da Dios (Salmo 104:15). Pablo nos enseña en Galatas 5:22 que la alegría es fruto del Espíritu Santo. Pablo nos apunta otro vino, no el vino ordinario de los borrachos sino el vino que es el Espíritu Santo. Pablo nos invita a emborracharnos con el Espíritu Santo. Por eso San Ambrosio de Milán, el mismo que famosamente bautizó a San Agustín de Hipona, llamaba la efusión del Espíritu Santo una embriaguez sobria. En la copa de la Eucaristía (y también en el pan) recibimos al Espíritu Santo (vea Catecismo de la Iglesia Católica, sección 1394). Y también sabemos que el Espíritu Santo nos da el don de la sabiduría que se celebra en los Proverbios (Isaías 11:1-2).

Todo se relaciona y se cumple en el milagro eucarístico: porque el pan es el cuerpo de Cristo y la copa es la sangre de Cristo, nos llenamos del Espíritu Santo y recibimos alegría, sabiduría, y prudencia. Como dice Pablo expresamos esa alegría en nuestro cantar y en dar gracias continuamente a Dios. Ese dar gracias es lo que literalmente significa la palabra Eucaristía en el griego original. Como dije, todo se relaciona en la revelación bíblica.

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