19.7.09

Decimosexto Domingo del T.O.: Jeremías 23:1-6; Efesios 2:13-18; Marcos 6:30-34

Somos ovejas. Es una identidad que no es prestigiosa: las ovejas son fácilmente manipuladas y son débiles físicamente. Pero si somos ovejas porque somos bien débiles, bien vulnerables, y bien limitados en nuestro saber y entendimiento como seres humanos. En el Evangelio, Jesús compadece por la «numerosa multitud» que lo buscaba porque la multitud andaba «como ovejas sin pastor».

Esa es la situación sin Jesús: anadamos sin pastor. El jefe en nuestro trabajo o profesión no es el pastor verdadero. Ni un caudillo politico ni un partido político es pastor verdadero. Los representates de otras religiones no son pastores verdaderos. Hasta los ministros de las comunidades protestantes no son los pastores verdaderos. Y tenemos que admitir que ni nosotros mismos podemos ser nuestro propio pastor. El único pastor es Jesús y los representantes instituidos por ese único pastor. Esos representantes son los obispos en comunión con el Obispo de Roma, el sucesor de Pedro.

Jeremías proclama la promesa que se cumple en Jesús y en los representantes apóstolicos de Jesús: la promesa de un nuevo reino que empezó durante la predicación de Jesús y que se cumplirá totalmente cuando venga Jesús por segunda vez. San Pablo muestra que la profecía de Jeremías se ha cumplido en una manera sorprendente porque Jesús une a sus ovejas judías con sus ovejas gentiles. No es cosa de reunir solamente a los judíos que estaban en exilio fuera de Israel. Es cosa de reunir a la humanidad entera. Siempre seremos ovejas. Nuestra alegría es tener al Buen Pastor que da todo por y a sus ovejas, ovejas que se encuentran en todas las naciones y todas las razas.