2.8.09

Decimoctavo Domingo del T.O.: Éxodo 16:2-4, 12-15; Efesios 4:17, 20-24; Juan 6:24-35

Las lecturas para hoy son obviamente lecturas eucaristícas. Los cristianos protestantes que no celebran la Eucaristía como rito central de su culto no ven lo que es obvio al católico y lo que hubiera sido obvio a los primeros cristianos que se reunían para la Eucaristía en las primeras etapas de la Iglesia. En el evangelio, Jesús indica la manera de interpretar la lectura del libro de Éxodo. Jesús es el Pan de Vida verdadero que viene del Padre, prefigurado por la maná que Dios le dío a los israelitas en el desierto en el tiempo de Moisés.

Notamos que, como la Eucaristía, la maná se parece al pan pero en verdad no es pan. Igualmente en la Eucaristía lo que recibimos parece ser pan pero en verdad es el cuerpo de Cristo. También podemos notar que los israelitas preservaron parte de la maná que cayo del cielo (véase Éxodo 16, 32-34). Lo perservaron en el tabernáculo descrito en Éxodo 36, 8-19. Esto también prefigura los tabernáculos que tenemos en nuestras iglesias para preservar en una manera noble a Jesús presente en la nueva maná de la nueva alianza.

Si leimos más adelante en el Viejo Testamento, vemos que los israelitas no comieron mas de la maná cuando llegaron a la Tierra Prometida por Dios (Josué 5, 10-12). Igualmente, en la santa misa nosotros, como los israelitas en el desierto, viajamos a recibir al nuevo Pan de Vida. Cuando recibimos la Eucaristía, entramos como los israelitas a la Tierra Prometida. Así vemos una semejanza litúrgica entre la procesión para recibir la Eucaristía en la misa y la jornada de los israelitas hacía la Tierra Prometida. A cruzar esa frontera, estamos transformados en herederos de las promesas de Dios.

En la Épistola a los Efesios, San Pablo nos habla acerca de esta transformación y de esta conversión en la cual renovamos el espíritu de nuestras mentes y en que acabamos como hombres nuevos (Efesios 4, 24). En la Eucaristía, tenemos la culminación de la conversión cristiana. Antes de participar en la Eucaristía, tenemos que arrepentirnos y recibir en el confesionario la absolución de nuestros pecados mortales. Y cuando recibimos a la Eucaristía nos unimos a Jesús que nos protege contra fúturos pecados mortales y que nos quita los pecados veniales.

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