14.6.09

El Cuerpo y la Sangre de Cristo: Éxodo 24:3-8; Hebreos 9:11-15; Marcos 14:12-16, 22-26

Moisés «roció al pueblo con la sangre, diciendo: Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído». Jesús dice en el Evangelio: «Tomen: esto es mi cuerpo . . . .Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos». La alianza nueva de Jesús no es solamente para un pueblo particular, pero para todos. Por eso, evangelizamos a todos, no importa su origen étnico ni religioso. En la Eucaristía, tenemos la sangre verdadera de Cristo, la sangre de la Nueva Alianza. Por eso, también invitamos con afecto y respeto a los cristianos protestantes que entren primero en la unión completa con la Iglesia Católica para que puedan después recibir la sangre de Cristo en la Eucaristía.

¿Y para qué tanta cosa sobre la sangre de Cristo? Porque la sangre de Cristo hace lo que la sangre de los animales nunca pudo hacer: cambiar nuestos corazones y nuestras personalidades. La carta a los hebreos, de inspiración paulina, lo dice: «Porque si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y las cenizas de una ternera . . . eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior, ¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado . . . [y] de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo!» (Hebreos 9:13-14; énfasis añadido).

La sangre de Cristo nos transforma interiormente para librarnos de las obras de la muerto para poder servir a Dios. Ya no es cosa de una ley exterior que no podemos cumplir. Ahora es cosa de un poder vivo que hace verdaderamente posible la vida abundante. Por eso, invitamos a los no católicos a unión plena con la Iglesia Católica para que puedan recibir la fuente de agua viva que es la sangre de Cristo en la Eucaristía.