21.6.09

Duodécimo Domingo del T.O.: Job 38:1, 8-11; 2 Corintios 5:14-17; Marcos 4:35-41

Sin Cristo, vivimos en miedo. No es sorprendente porque, sin Cristo, evaluamos todo con criterios humanos basados en nuestros límites, nuestras debilidades, y nuestra arrogancia. Creemos solamente en nosotros y por eso vivimos en miedo.

En el libro de Job, el Señor del universo habla: «Aquí se romperá la arrogancia de tus olas». Solo ese Señor es verdaderamente poderoso, solo en Él no existe el miedo por que toda gloria y todo poder es del Creador. Esa verdad rompe las olas de nuestra arrogancia porque ahí reconocemos que la gloria no es la posesión de ninguno de nosotros. El poderoso del mundo o el rico no se merecen la gloria y no la poseen. La gloria pertenece solamente a Dios, como oramos al final del Padre Nuestro en la Misa. La gloria que nosotros podemos lograr como cristianos origina en la gloria única de Dios.

San Pablo nos manda abandonar los «criterios humanos» porque ahora somos creaturas nuevas. Los criterios humanos no pueden anticipar ni entender la renovación ganada por Cristo. Con Cristo, se acaba el miedo basado en nuestros límites humanos. Ahora todo es nuevo.

En el Evangelio, vemos a los discípulos llenos de miedo por la tormenta que se presentó en el lago. Los criterios humanos vieron peligro inescapable. Pero Jesús mandó que se terminara el viento y vino «una gran calma». Con Jesús, podemos librarnos del miedo que origina en nuestra debilidad humana. Jesús trae una gran calma a las ansiedades y a los temores que vivimos diariamente. Por eso es que con Cristo, podemos abandonar los criterios humanos que traen el miedo y el pesimismo.

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