10.5.09

Quinto Domingo de Pascua: Hechos 9:26-31; 1 Juan 3:18-24; Juan 15:1-8

La gloria de Dios es el discípulo que da fruto. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, vemos el inicio del gran apostolado de Pablo. Primero tuvo que superar la sospecha de los cristianos que lo conocían como el enemigo que los perseguía. Nosotros también tenemos en muchas ocasiones de superar la sospecha, especialmente si hemos vivido aparte de Cristo en manera abiertamente. Pero con la ayuda de Bernabé, Pablo fue aceptado entre los cristianos, y el resto es la historia del hombre que tomó el imperio romana para Cristo.

En la primera carta de Juan, nos informa San Juan de la necesidad de obedecer los mandamientos del Señor para que el Espíritu Santo permanezca con nosotros. Nuestra gloria es hecho del Espíritu Santo. Es un gran error pensar que podemos lograr cualquier cosa que vale sin el Espíritu Santo. En la lectura de los Hechos, también se indica que es precisamente el Espíritu Santo que maneja todo cuando se describe la multiplicación de las comunidades cristianas «animadas por el Espíritu Santo».

San Juan en el Evangelio nos da las palabras tan simples y vivas de Jesús: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer». Estas palabras deben de estar grabadas en nuestras mentes y en nuestros corazónes. Sin Cristo, no podemos hacer nada. Sin el Espíritu Santo mandado por Cristo, no podemos hacer nada. A nosotros se nos puede parecer que estamos haciendo algo importante y bueno, pero la realidad es que sin Cristo todo eso es nada: no da fruto. El poder de Dios es esto: que lo que Dios manda si da fruto. Nuestros proyectos sin Dios (Padre, Hijo, y Espíritu Santo) no dan fruto. Tenemos la promesa que vamos a dar mucho fruto. Vamos a unirnos a Cristo para dar ese fruto abundante. Esa unión con Cristo en manera más concreta y poderosa se encuentra en la Eucaristía. Por eso, para dar fruto tenemos que ir a la Santa Misa y estar preparados para recibir la Eucaristía. Y entonces seremos la gloria de Dios cuando volvemos a nuestras vidas diarias.

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