15.3.09

Tercer Domingo de Cuaresma: Éxodo 20:1-17; 1 Corintios 1:22-25; Juan 2:13-25

La Ley de Moisés no pudo salvar a los judíos. Esta misma ley, en la forma más general de los Diez Mandamientos, la tenemos en la primera lectura. Hoy mismo nosotros los cristianos todavía usamos los mandamientos para regir nuestra vida moral. En ese sentido de guía para nuestra conducta, esta ley sigue vigente. Como dijo Jesús mismo, no vino para abolir la ley pero para cumplirla en su misión de salvarnos (Mateo 5:17-20). Las reglas ceremoniales de la Vieja Alianza se acabaron, pero la ley moral sigue. Lo que tenemos, que no tuvieron los judíos antiguos, es el poder del Espíritu Santo, que nos dio Cristo, para poder vivir moralmente.

En el Evangelio, Jesús se refiere a si mismo como «un templo» que se destruye y que él mismo reconstruye en tres días. El templo nuevo que reemplaza el templo antiguo de los judíos es el cuerpo de Jesús mismo que es el sacrificio final que nos salva por siempre. Ese cuerpo se rompió por nosotros y resucitó en tres días. Igual como hizo con la ley antigua, Jesús cumple perfectamente todo lo que se atentaba con los sacrificios de la Vieja Alianza. Como se puede ver en la reacción de sus oyentes judíos, hablar de la destrucción del templo era decir algo alarmante y escandaloso. Jesús vino en manera revolucionaria para derrotar la corrupción del sistema de sacrificios y reglas ceremoniales que existía en el templo de Jerusalen. Por eso, lo mataron.

San Pablo lleva este acontecimiento revolucionario al resto del mundo antiguo, predicando a Cristo crucificado «escándalo para los judíos y locura para los paganos». También era locura para los judíos como se ve en la lectura evangélica de hoy. Estas palabras tan claras y explícitas de San Pablo sobre la necesidad de predicar a Cristo crucificado siempre me recuerdan de la ridiculez protestante de abandonar el uso del crucifijo. El escándalo y la locura que distinguen el cristianismo es precisamente ese imagen del crucificado. ¡Cómo pueden los que supuestamente leen tanto a la Biblia abandonar lo que San Pablo apunta tan claramente como el corazón de su misión predicadora! Bueno, en el catolicismo, no hay ese problema: San Pablo hoy mismo, entrando en una iglesia católica, reconocería ligeramente que ahí se predica el mismo escándalo y locura que él predicaba en los siglos pasados.