8.3.09

Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 22:1-2, 9-13, 15-18; Romanos 8:31-34; Marcos 9:2-10

Por la fe extraordinaria de Abraham, estamos aquí herederos en Cristo de la promesa que Dios hizo de bendecir a los descendientes de Abraham. Somos nosotros en Cristo los descendientes de Abraham. La salvación nuestra viene por medio de individuos. Empieza con la fe y obediencia del individuo Abraham y se cumple la salvación con la fe y obediencia de María y con la obediencia de Jesús mismo que llego a la cruz. Para que se cumple la providencia maravillosa de Dios se necesita todavía hombres y mujeres de fe y obediencia, que no temen entregar sus vidas, sus temores, y sus ansiedades a Dios. Cuando un solo hombre o una sola mujer se entrega en fe a Dios, todo es posible, hasta y especialmente lo que nosotros, tan limitados que somos, nunca pudieramos imaginarnos.

San Pablo en su carta a los romanos muestra porque no tenemos que temer a nadie o a nada. Dios nos ha dado su propio Hijo y nos ha perdonado. Si Dios nos favorece, nada más nos debe importar. Por eso, tenemos el coraje de seguir en adelante hasta en las situaciones más dificiles y confusas de la vida humana.

En el Evangelio, tenemos la Transfiguración de Jesús con Elías y Moisés. Para preparar a los apóstoles para la muerte de su Hijo, Dios muestra la gloria de Jesús en la presencia de Pedro, Santiago, y Juan. En su intervención en el sacrificio inminente de Isaac, Dios demonstró su poder para incitarnos hoy mismo a la fe y a la obediencia. En la Transfiguración, Dios le demuestra a los apóstoles escogidos la gloria de Jesús también para que puedan recordar este acontecimiento en el futuro cuando serían predicadores del Evangelio por todo el imperio romano. Para nosotros hoy, todo esto sirve para invitarnos a tener fe y a obedecer la voluntad de Dios sin temor en todas las complicaciones de este mundo.